Norte de Italia
Diciembre de 531 a.G.M.
Lado romano
—Inhalar por la nariz, exhalar por la boca... —repitió Marco en voz baja cerrando los ojos.
Se sentía mareado y el corazón le palpitaba con fuerza. Estiró los dedos de su mano en forma de estrella delante de su cara y los vio temblar. Miró a su alrededor y volvió a respirar profundamente.
—Tranquilo, amigo. Si no te controlas, el tiro de tu ballesta irá a dar directo en la nuca de tu decurión. —Publio lo miró fijo y enarcó las cejas—. O sea, a mí.
—No te preocupes, Publio, estoy tranquilo... —mintió—. Ayer le he dado a un pájaro en pleno vuelo manteniendo un galope constante.
—Increíble... —reconoció Publio observando la ballesta que le había regalado el propio cónsul a su amigo y que Marco llevaba cruzada en su espalda.
—Lástima que el objetivo fuera el tronco de un árbol —agregó Cayo Lelio detrás suyo.
Publio y Marco soltaron una risita nerviosa.
—Detalle... —dijo Marco.
—Estarás bien, Marco, concéntrate en lo que aprendimos estos días —indicó Lelio—. Nos mantendremos cerca.
Miró a Publio con seriedad, asintió con un gesto de la cabeza y volvió con sus hombres.
—Lelio ha sido severo, ¿verdad? —preguntó Publio.
—No sabes cuánto... —reconoció Marco—. Pero he visto tus rutinas con los veteranos... —Negó con la cabeza y resopló—. Me quedo con Cayo Lelio.
Las trompetas irrumpieron cualquier tipo de charla y los hizo volver a la realidad. El ejército consular debía cruzar el puente e ir en busca de Aníbal Barca y su ejército.
Marco volvió a mirar el puente flotante por vigésima vez y reparó en las enormes cestas repletas de hachas que reposaban sin motivo aparente a cada uno de sus lados. Agradeció a Dios que el cónsul hubiera aceptado su consejo previsor y se lamentó por tener que verlo destruido en poco tiempo. Si tenía esa suerte, aquella magnífica obra de ingeniería se iría en el recuerdo acompañando el cauce del río. Los quince barcos romanos formaban en paralelo cubriendo todo el ancho del río Tesino, unidos entre sí por pasarelas de madera que les facilitarían el cruce de una margen a la otra. Unas pasarelas que, viéndolas de cerca, le provocaban bajarse de su caballo y llevarlo de las riendas, lo cual no era una opción. El puente se cruzaba a lomos de su caballo.
Los legionarios de a pie comenzaron a cruzar en filas de a cuatro. Una vez hecho esto, siguió el turno de la caballería, cruzando en filas de a dos.
—No seremos ni Alejandro ni Bucéfalo —susurró Marco cerca del oído de Andrés, a quien le había dado ese nombre en honor al héroe que le diera la primera copa del mundo de fútbol a España marcando un gol en la final—. Pero les pelearemos el puesto.
—¡Avanzamos! —ordenó su amigo Publio.
Marco tragó saliva. Llegaba la hora.
Al igual que el resto de sus hombres, el cónsul confiaba en que aquellas alimañas invasoras se encontraran demacradas al bajar de los Alpes. El ejército entero estaba confiado de su victoria. Además, se habían enfrentado hacía poco contra ellos y su tan famosa caballería númida se había retirado con la cola entre las piernas como los cobardes que eran.
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Sevillano
Historical FictionMarco, un joven sevillano apasionado por la historia y a punto de recibirse de profesor en la materia, despierta en la Roma de Publio Cornelio Escipión: uno de los personajes históricos que más admira y de los que más conoce. Situación que lo maravi...
