Etruria
Dos nuevos cónsules habían sido elegidos en Roma al terminar el año que por ley les correspondía en el cargo a Publio Cornelio Escipión y a Tiberio Sempronio Longo, cuyas derrotas ante la Bestia de Cartago habían dejado a Roma al borde del pánico. Ellos eran Cayo Flaminio y Cneo Servilio Gérmino.
Luego de cuatro días y tres noches angustiantes, Aníbal había cruzado el gran pantano que rodeaba el río Arno y que ese año había estado más inundado de lo habitual. Los espías y exploradores romanos así lo confirmaban. Una noticia preocupante, con la excepción de que los mismos espías confirmaban un rumor que venía pasando de boca en boca entre los legionarios desde hacía días: Aníbal había perdido la visión de uno de sus ojos y buena parte de su ejército en aquella empresa. Así como hasta al último de sus elefantes de batalla.
Flaminio, acampado en Arrentium, aguadaba impaciente al ejército consular de Servilio para presentar batalla a Aníbal uniendo sus fuerzas. Sin embargo, Aníbal no estaba dispuesto a permitirlo. El general cartaginés arrasó los territorios que Flaminio debía proteger para obligarlo a salir a su encuentro en campo abierto. Lo que finalmente logró. En parte, por la excesiva confianza de Flaminio y la presión que sentía de Roma por permanecer de brazos cruzados mientras Aníbal hacía lo que quería en la península itálica y, en parte, por demostrar su valía alimentada de su propia arrogancia, lo que lo hacía soñar con un regreso triunfante a Roma con un desfile sin igual. De esos que el pueblo amaba y celebraba con fervor.
Marco escuchó las trompetas de avance y apretó las nalgas en su montura. Levantó la cabeza maldiciendo el mal tiempo y miró de reojo a Lelio, solemne a lomos de su caballo y al frente de sus hombres irradiando seguridad. Sus miradas se cruzaron durante un breve instante y Marco apartó la vista simulando estar ocupado en acomodarse su ballesta detrás de la espalda. Envidiaba la tranquilidad que el decurión demostraba en momentos cruciales como ese y supuso que, aunque pudiera habituarse a las batallas y al estilo de vida antiguo, jamás podría tener semejante templanza. Cayo Lelio era un hombre entre miles. Publio padre no se había equivocado con él.
Lelio se acercó a Marco sin que este se diera cuenta.
—¿Estás listo, Sevillano?
Marco miró a su alrededor antes de responderle. Veinticinco mil hombres estaban listos para el combate, él no. Después de todo, nadie podría estar listo para enfrentarse a la muerte.
—Estoy listo.
—Bien... asegúrate de quedarte cerca mío. Seremos los primeros en entrar en combate.
—Créeme, Lelio, no me alejaré de ti ni por un segundo.
Lelio observó a Marco con detenimiento. Se habían hecho buenos amigos en el tiempo que habían estado juntos, pero la guerra era la guerra y él debía velar por la vida de todos sus hombres, no solo la de Marco. Decidió cambiar un poco de tema.
—Entiendo que has recibido una carta de Publio.
Marco frunció el entrecejo.
—¿Cómo lo sabes? No le he contado a nadie...
—Sé todo lo que pasa en mi campamento —aseguró—. Ninguna mosca entra y sale de él sin que yo lo sepa.
Marco sonrió.
—Entonces sabrás que Publio ha conocido a una joven... Emilia...
—Eso supe, sí.
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Sevillano
Fiksi SejarahMarco, un joven sevillano apasionado por la historia y a punto de recibirse de profesor en la materia, despierta en la Roma de Publio Cornelio Escipión: uno de los personajes históricos que más admira y de los que más conoce. Situación que lo maravi...
