Capítulo 7: Publio

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Diego lo tomaba por los hombros y lo sacudía con fuerza. Marco lo veía como en cámara lenta, gritándole delante de la cara para hacerlo reaccionar. Diego tenía un corte espantoso justo por encima de su ojo izquierdo que le regaba de sangre la mitad de la cara y le mantenía el párpado hinchado a medio cerrar. Lo sacudía y gritaba. Sin embargo, Marco no podía escucharlo; dejó de mirarlo a los ojos y se concentró en su boca para leerle los labios: "¡Vete, Marco, ahora!", le gritaba. Escuchó unos fuertes golpes secos cerca suyo. Volteó sobre sus talones y vio sacudirse violentamente la enorme puerta de roble, a punto de salir volando de sus goznes. Era extraño. La luz se hacía cada vez más intensa y, pese a ello, la habitación seguía estando muy oscura. Temblaba. Se acordó de su madre. Un estallido lo hizo encogerse sobre sí mismo mirando hacia atrás." ¡Nos has traicionado!", acusó Diego a alguien señalando con el dedo. Marco no pudo ver a quien señalaba. Por el rabillo del ojo vio que entraban varias personas vestidas de negro. Los brazos de Diego tiraron de él y lo empujaron hacia adelante, hacia la luz.

     "¡Mátenlos!", ordenó una voz de mujer. Marco conocía esa voz. La oscuridad a su alrededor despareció por completo y se tapó los ojos con ambas manos para no quedarse ciego a causa de aquel terrible resplandor.

      Escuchó un disparo. Y luego otro.



Roma, mayo de 531 a.G.M.


     —¡Marco! ¡Marco, despierta! —le dijo Flavia.

     Volvió a sacudirle los hombros con fuerza, pero Marco no reaccionó. Flavia negó con la cabeza y abrió la única ventana de la habitación que había rentado Tarquinius para los tres y dejó que el sol de la mañana le pegara directo en la cara. Marco gimió y movió las piernas. Flavio le dio unas pataditas al borde de su cama. Marco abrió uno de sus ojos, cubriéndose el rostro del sol que lo cegaba y miró a Flavia con mala cara.

     —Tenía una pesadilla...

     —Primero que nada se saluda, Marco —dijo Flavia cruzándose de brazos. Luego añadió—: ¿Por eso gimoteabas como un niño?

     Marco se incorporó a medias y se sentó en el borde de su cama sosteniéndose la cabeza con las manos.

     —Soñaba...

     —Repetías un nombre. —Flavia puso su cara de costado y lo escudriñó achicando los ojos.

     «Diego...», pensó él. Había soñado con su amigo, podía recordar eso. Trató de hacer memoria y recuperar los fragmentos de su sueño antes de que estos se perdieran para siempre. Tenía la imagen de Diego gritándole algo. «Diego me gritaba que...».

     —¡Oye! —Flavia se inclinó hacia adelante y chasqueó los dedos delante de su cara. Marco la miró sobresaltado—. Si no quieres contarme, no me cuentes.

     —No. No es eso, es que...

     Ella lo interrumpió.

     —Tarquinius se ha ido con las primeras luces del día y me ha dejado un poco de dinero de la venta del caballo y de la mula. ¿Y sabes qué? ¡Me muero de hambre!

     —El dilectus... —susurró Marco volviendo a la realidad. Luego se frotó el estómago.

     —El dichoso dilectus, sí. Y dice Tarquinius que si te arrepientes, sabes donde estarán.

     Marco soltó una risa. Flavia gruñó.

     —No pienso enlistarme en el ejército, Flavia. No puedo hacer eso.

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