Capítulo 50

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26 de julio. - 1976


La mano derecha de Freddie sostenía un pequeño ramo de flores mientras que la izquierda batallaba con sacar los mechones traviesos que molestaban en su rostro, mismos que se agitaban con las caricias que la brisa del verano repartía sobre él.
El vocalista de Queen caminaba bajo el sol con un agitado mar dentro suyo. Su tristeza parecía atraer a las pequeñas y casi inexistentes nubes grises que se habían formado en el cielo, y a la misma vez, su mente drogada por el dolor, comenzaba a hacerse preguntas dañinas, algunas no tenían una respuesta que lo dejara tranquilo, mientras que otras lo torturaban tan fuertemente que él se veía en la obligación de hacerle frente a sus pensamientos y armar una respuesta que lo dejara al menos dormir unos pocos minutos al día.

¿Alguna vez escucharon ese viejo dicho, el tiempo pone todo en su lugar, o, el tiempo todo lo sana? Bueno, era una vil mentira.
Claro, había casos ajenos de personas que creían fielmente en aquellas palabras medievales, él fue uno de ellos meses atrás, pero ahora creía y vivía todo lo contrario. El tiempo no sanaba, el tiempo no colocaba las cosas en su lugar. Era un invento para poder salir rápidamente de algún momento incómodo y tener algo que decir cuando alguien moría, o, cuando alguien atravesaba por un momento doloroso.
El tiempo se había transformado en un verdugo disfrazado de amigo que estaba arrastrándolo al borde de un precipicio, y es ahí en donde está la trampa, el tiempo te arrastra hacia allí y tú tienes que decidir si se va a transformar en el verdugo o en tu amigo, tú eliges aprender a vivir con el dolor de la ausencia, o, tomas la mano del tiempo y saltas desde el precipicio. No hay punto medio, por lo menos Freddie no estaba encontrando ese punto medio. La ausencia de Ciara quemaba en cada extremo de su cuerpo y de su alma, la cual, se sentía terriblemente solitaria.

Quería saltar desde el precipicio.

Pero, mientras tanto, su linda y triste mirada recorría los diversos nombres de las lápidas, algunas bien conservadas y otras en total abandono. Un hilo de tristeza lo envolvió cuando sus ojos hicieron contacto con un nombre escrito en una de las lápidas más abandonas del lugar, Eleanor Griffin, su nombre era casi invisible, completamente deteriorado por el pasar de los años.

Freddie sintió una especie de culpa que no le correspondía.
Detuvo sus pasos pesados y giró para cambiar de rumbo hacia la tumba de Eleanor. Arrancó un poco el césped que intentaba cubrir su nombre para volverla invisible, pero él estaba allí para evitar que eso sucediera, pasó su mano desocupada por la fría piedra en un intento de sacar el polvo de ésta, y de esa manera logró que el nombre de Eleanor Griffin sea un poco más visible al mundo.

- Tus familiares deben tener una buena excusa para no venir, querida - murmuró no tan alto, pero lo suficiente como para que sus palabras chocaran contra la lápida -, los cementerios no son del agrado de todos. - sin mucho más que decir hacia una persona que no conocía, se colocó de cuclillas y tomó una de las flores que tenía en el ramo y la apoyó sobre la lápida de Eleanor.

Tal vez esa era su forma de demostrar que mientras él siga con vida, jamás dejaría que el lugar donde descansaba Ciara se viera tan descuidado.

Freddie volvió a su camino, deseando que todo sea una pesadilla, pero no lo era, lo confirmó cuando a lo lejos pudo ver una cabellera rubia descuidada. El pelinegro miró hacia el cielo pidiendo algo de apoyo, pero últimamente parecía que nadie estaba trabajando en aquel lugar, de lo contrario no encontraba otra explicación para justificar todo lo que venía saliendo horriblemente mal en el último tiempo.
Sus pasos fueron disminuyendo su velocidad a medida que se acercaba al cuerpo delgado de Roger. Freddie se colocó frente al rubio, pero nada ocurrió, ni un ruido, ni una emoción, ni una respuesta o queja, nada. Roger estaba con la cabeza agachada y con la vista cristalina fija en los pequeños pastitos que arrancaba sin esfuerzo alguno. Allí estaba, en silencio con las piernas cruzadas como indio, sus mejillas pálidas tenían rastro de lágrimas secas y sus labios irritados parecían que se rompían aún más con cada brisa que pasaba.

Hold On (Roger Taylor) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora