Epílogo

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El lugar es mucho más sucio de lo que pensaba, los bichos salen de entre los huecos de los muros y demasiadas tazas son golpeadas contra los barrotes pidiendo algo de agua o comida.

Desde afuera se veía en ruinas pero adentro la sensación de estar a punto de ser aplastado por el techo es mucho más constante, adicionado a los malos olores que marean y revuelven las tripas así como a la humedad que envuelve tu piel.

—¡Camina que no tenemos todo el día brujita!—dice el guardia a mis espaldas empujándome mientras la otra me lleva arrastras de la cadena que mantiene mis manos incapacitadas de hacer cualquier cosa.

Es humillante y desvalorizante como me han envuelto en atrocidades de hierro, una máscara que cubre mis ojos, nariz y boca haciéndome ver todo a través de un filtro rojo y respirar mi propio aliento, además de cadenas en las muñecas con cubremanos redondeados en las puntas, así como tobilleras por lo que no puedo caminar rápido.

—Brujita, brujita, brrruuu-jiiiii-taataataa.—escucho a alguien canturrear a mi paso antes que golpeen su celda con demasiada fuerza.

—¡Cállate, perro faldero!

La mujer que supuse era anciana no se calló y lo único que hizo el guardia fue suspirar irritado por ello. Entramos a un ascensor cuadrado parecido al de los hoteles antiguos de los años 20s, se cerró con rejas de metal entrecruzado y provocó un fuerte sonido al comenzar a funcionar.

—¿Cómo ir al infierno no?—comentó otro recluso a mi lado, sus ojos son peculiares y tiene la piel manchada en tonos rosas y morenos, su sonrisa es inquietante así que volteo al frente antes de verlo.

Bajamos varios pisos y en cada uno escuchamos cosas distintas: gritos, golpes o llanto, entre más bajamos más silencioso y frio se vuelve todo. El elevador se sacude de vez en cuando y me permito soltar un gritito cuando baja de golpe y se detiene.

—¿Qué? ¿Te asusta esto?—me pregunta la guardia empujándome hacia la rejilla, me compuse y pensé como podía ahorcarla de varias formas distintas.

El chico a mi lado se ríe con ganas viendo la situación, él no lleva ninguna máscara como la mía, no podría verme fruncir el ceño pero observo como el guardia le hace bajar la cabeza tomándosela desde atrás.

—Ya cállate.—le espetó.

Estamos en el último piso, en la sección "E" y solo cuando abren las barreras de metal es cuando verdaderamente sé en lo que me metí y aunque quiero permitirme sentir miedo lo único en lo que puede pensar es en lo cerca que estoy de encarar lo que soy.

—Están de suerte, celdas vecinas para que puedan acomodarse bien.—dice la mujer leyendo la tarjeta atada a mi cuello y luego la del chico a mi lado, que aunque no emite ningún ruido mantiene su expresión escalofriante.

En esta parte de la prisión todo es muy distinto, las jaulas están de frente a nosotros y entre ellas se dividen por mayas de hilos muy finos; hasta donde sé, tocar uno es perder el dedo.

—Esta es la tuya, Cristine.—dijo el chico distraídamente mientras abre la puerta de mi nueva celda, cuadrada y con un hoyo en el suelo—, y aquí vas tú, rata.

El chico se ríe y disfruta de molestar a los guardias pero escucho como le hacen alguna cosa y cuando giro a ver solo percibo como su cuerpo cae al suelo.

—¡Entra ya!—me empuja el guardia haciéndome una vez más chocar contra una pared, me vuelvo furiosa pero no tiene sentido y justo entonces la reja se cierra con un estruendo y la imagen del insufrible hombre sacudiendo la mano en un gesto burlesco.

Al chico que venía conmigo lo metieren a patadas dentro de su celda, luego de unos segundos se marchan y encuentro la soledad del lugar, lo silenciosa que resulta la eternidad.

—Pensé que tardaría más tiempo en verte.—escucho la voz de una mujer a mi lado, está en la celda conexa a la mía y no puedo verla debido a la maldita máscara.

—Eventualmente volvería.—digo girándome un poco hacia donde proviene su voz.

—¿Qué vienes a buscar hoy?—casi soy capaz de escuchar su sonrisa.

—Lo que me pertenece, lo que me hace bruja.—mi tono es seco y especialmente directo.

—¿Tienes los que necesito?

—Algo mucho mejor.—sonrío.

—¿Ah sí? ¿Cómo qué?—quería sonar desinteresada pero el timbre en su voz la delata, sé que la tengo en la palma de mi mano.

—Tu libertad

Un Alma a Medias (El alma en el medio)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora