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Padre,

Tú todo lo ves y sería inútil esconderte nada.

Hoy oficié la misa como es debido. Los feligreses se presentaron contentos y hablamos sobre el amor al prójimo. Todos juntos oramos por la salud de Efrain y tu Palabra como el acto de comunión fueron celebrados con regocijo.

Jorgina estaba en la iglesia, en el segundo banco como es su costumbre. No pude evitar detallar su presencia y encuentro que toda ella es luz.

Su piel de color miel, su cabello castaño y sus ojos ligeramente achinados. Vestía a la moda del pueblo. Un vestido ceñido de escote y tirantes; al menos largo hasta la pantorrilla, blanco de fondo, floreado el estampado. Sé que debería llamar al recato Señor, mientras las damas están en tu Casa; pero por alguna razón no consigo dar la voz de mando.

Mis ojos la buscaban sin pedirme permiso y ella respondía la mirada que yo enseguida esquivaba. Al momento de la comunión me temblaron las manos.

«El cuerpo de Cristo» — dije posando la hostia en su boca.

Sus labios rozaron mis dedos y una corriente me recorrió el cuerpo.

¿Qué estoy haciendo mal, Señor? Bien sabes que mis intenciones están consagradas a tu alabanza. A qué se debe esta sensación tan mundana de posar mis ojos en el rostro de una mujer.

Al terminar la misa, los feligreses partieron a sus casas. Tan pronto como pude salí del templo y me resguardé en la Casa Parroquial. Fueron vanos mis intentos de no verla, pues enseguida escuché la puerta sonar.

— Padre Emilio, ¿estás?

Contuve la respiración un momento, cosa que hago siempre que necesito calmarme y enseguida salí a su encuentro.

— ¡Padresito, te traigo buenas noticias! — dijo tan jovial como de costumbre. Ajena a que su presencia me descoloca.

— Jorgina. ¿Que será? — dije lo mas secamente posible que pude. Casi como si me estaba incordiando, aunque nada mas alejado de la verdad.

— ¿Estas de mal humor? — dijo enseguida.

Un puñal se clavó en mi pecho, pues no deseaba tratarla de forma indiferente, aunque era lo que consideraba necesario. Su cercanía me aturdía y eso, tenía que pararlo.

— No. Dime.

— Pues, si veo que te pasa algo. Tienes la cara demasiado seria. En fin que te dejo las buenas noticias: Escuché en la plaza que quieres el terreno baldío que está aledaño. Pues lo tienes. Es tuyo. Has con el lo que te plazca.

— ¿Cómo? — pregunté azorado.

— Sí. En serio. Funda tu centro deportivo y espero que lo uses porque voy a venir a inspeccionar a ver si es verdad que juegas bien al fútbol y que se te da el boxeo.

— ¿El alcalde te lo dio?

— Sí. Le llamé egoísta y ya con eso lo desarmé. Detesta que le reproche.

— Jorgina pero eso manipulación.

— ¿Y qué importa? Es lo que él hace conmigo. Estamos a la par.

— Yo... no sé que decir. Gracias. Hoy mismo reúno a los muchachos y comenzamos los trabajos. Dile al alcalde que lo vamos a aprovechar.

— ¡Ah! Y otra cosita. Hay un grupo de mujeres organizando una cuadrilla para hacer de damas parroquianas. Quiero decirte que me anoto, así que me vas a ver mas seguido por la iglesia.

Jorgina se dio la vuelta y salio de la casa dejando un reguero de olor a durazno que me parece -soy el único que lo percibe-.

Señor,

No se explicar lo que sentí cuando escuché sus palabras. Fue emoción, ¡claro! Por una parte se me agolparon mil sugerencias para dar; todo por el bien de la comunidad, pero por otra, una preocupación extraordinaria que hasta ahora después de rezar y rezar no he podido dominar.

Rezo para que me des fuerzas, Padre. Rezo para que el olor de durazno impregnado ahora en esta casa se vaya. Mantenme inmutable ante esta situación y no permitas que los ardores de la carne desvíen mi vista de lo que es importante.


YO CONFIESO (BORRADOR)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora