Amado Padre,
Hoy la he visto. La musa de mis sueños regresó a tu morada.
Llevaba consigo un ramo de flores que colocó frente a la estampa de San Antonio. La iglesia no estaba vacía pero los siervos que oraban lo hacían sumidos en su lugar.
Me causó cierta gracia la expresión concentrada y la determinación de la fe de mi amada, porque sé que pedía por mi, tal vez por nosotros.
Cuando se levantó del reclinatorio la seguí con la mirada. Ella se detuvo cerca de la pila de agua bendita, y sigilosamente miró a su alrededor. Cuando al fin se percató de mi presencia, le hice un gesto y me senté en un banco, abriendo la Biblia y sacando de ella la misiva. Ella permaneció en la pila, observándome con cautela y un aire travieso en el semblante. Como entendí que no se atrevía a sentarse, coloqué la carta bajo la Biblia y luego me levanté. Ella astuta, captó el gesto y al yo haberme desaparecido debió haber tomado la carta porque al rato cuando regresé no la encontré.
Fue inspiración divina, Señor. Ni siquiera en mis años de juventud habría escrito con tanto sentimiento.
«Jorgina,
Hoy se me hace preciso escribirte por la ansiedad y es que hace días que no tengo la dulzura de tu cercana parecencia ante mis ojos.
Me encuentro en el jardinsito, sentado en el banco rústico. El guayabo está quieto pues los vientos huracanados no han soplado hoy. Aparece inmóvil, tranquilo como si esperara la orden de su dueño.
Los pájaros hacen un silencio raro, las gotas de lluvia aun tardan en llegar. Es una tarde muda que parece que se detiene tan solo esperando tu figura. En este silencio tan mío, medito. Y es que no puedo olvidar.
Este lugar con su aire cálido y húmero te evoca, te llama, te recuerda. Todo es inesperadamente delicioso. Todo trae la emoción vibrante de tu presencia y me hace experimentar sensaciones recubiertas de miel.
Mi corazón se ocupa en pesar, por ti y por los dos, pero admiro tu valentía por enfrentarte sola a los peligros que esta pasión pudieran causar a tu honor y a tu posición.
Cuando las laderas y los campos broten sus flores y nos encanten el alma, verás con tus ojos la verdad de mi amor. Lo tengo planificado todo ya, pero hace falta que obtengamos la bendición.
Esperame Jorgina, que aquí estoy yo esperándote. No me niegues tu presencia porque mi dormitorio, irreverente al descanso ruega por saturarse de amor.
Nota: No vuelvas a irte sin verme y sin hablarme.
Tuyo,
Emilio».
¿No es esto una clara muestra de haber perdido la razón por amor?
Pues creo por mi bienestar, que no puede existir tal sentimiento en un corazón mutilado.
Por lo que veo, el mio está vivo y trotando.
"Todo tiene su tiempo" (Eclesiastés 3.1-4; 11)
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YO CONFIESO (BORRADOR)
General FictionSoy el párroco asignado a este variopinto y caluroso pueblo. Mi fe y mi entrega a Dios constituyen la fuerza y la razón de mi existir; pero desde que llegué a este lugar tan lleno de intrigas y tentaciones se han quebrantado mis cimientos y se ha a...
