Padre Mío,
La misa sigue siendo una celebración en tu nombre, Señor y por lo pronto se han unido un par de feligreses mas.
De a poco voy conociendo a las personas que conforman el pueblo y es un alivio constatar que como en todo el mundo, sobresale el bien ante el mal.
Temprano en la mañana me dispuse a recorrer los alrededores ya visitados la semana pasada. Fui con la bicicleta, vestido con mi sotana y con la pequeña biblia de bolsillo que encontré en la sacristía.
Saliendo del caserío recorrí con la vista algunas parcelas. No había gente a la vista e imaginé que andarían en sus labores matutinas o en la venta del mercado; así que me aventuré y subí por un camino de tierra en una empinada. Entré en la primera finca que vi con el portón abierto.
El sol empezaba a calentar con fuerza y al verme, algunas cabras balaron con curiosidad. Caminé un poco más para alcanzar el pórtico de entrada a la casa y reparé en las gallinas y gallos que afanados buscaban su desayuno picoteando la tierra. Un perro juguetón salió entonces; al principio con un ladrido de advertencia pero luego con docilidad. ¡Lo que son tus criaturas, Señor!
Al instante se asomó por la puerta una figura larga y delgada. Era un mozo joven, ligeramente encorvado y con un sombrero de fieltro de amplias alas.
— ¡Buenos días! —dijo amistoso y dejándome ver una limpia sonrisa.
— Buenos días, joven —contesté mientras acariciaba al perro—. Soy el Padre Acosta, el nuevo
párroco.
El muchacho me hizo el gesto para que dejara al can y me adelantara a su encuentro.
— ¿Usted toma café, Padre?
— Sí, claro. A esta hora sienta bien.
— Pase, pase. Recién estoy colando.
Al entrar en la vivienda, el aroma del café me arropó como un recuerdo. Mi madre en la cocina, yo un
chiquillo aún a la altura de sus faldas, ella meneando el café mientras contestaba mis preguntas.
La voz del hombre me trajo de vuelta. — Ya me habían dicho que había llegado Padre. ¿Que lo trae por
aquí? — preguntó mientras jalaba una silla de la mesa y me invitaba a hacer lo mismo.
— Como sabrás, el Padre Capellán tuvo que salir de urgencias y en vista de eso pues...
— No, Padre — me interrumpió—. Yo sé eso. Lo que le pregunto es ¿que hace usted por estos lares?Por aquí el otro cura no se arrimaba.
Reí un poco apenado por mi falta de comprensión a su pregunta inicial. — En principio vengo a
conocer a quién esté dispuesto a conocerme y de pasada vengo por curioso, a ver que me encuentro por aquí —bromeé.— Bueno padre, aquí lo que hay es monte y culebras — río divertido—. Pero también hay vacas, pollos, caballos, cochinos y bastante zancudos.
— ¡Y calor! — exclamé.
No pudimos sino reírnos estruendosamente Señor, porque si hay algo que valoro es el buen sentido del humor y aunque el mozo estaba echando las bromas no tenía pinta de hacerlo por burla a mi persona sino mas bien como una majadería infantil.
— Oye muchacho, y tu no me has dicho tu nombre.
— Juan Toro, Padre. Pa' servirle.
El hombre se zampó el café de un trago y batió la taza contra la mesa en un acto inequívoco de orgullo y hombría.
— Mucho gusto entonces, Juan — recalqué afable— ¿Tú no sabrás quién hay por aquí que haga trabajos de construcción?
— ¡Ah bueno Padre, aquí todo el mundo hace de todo! Dígame pa' ver que necesita.
— El campanario de la iglesia está que se cae y necesito que reconstruyan esa torre esta semana. Allá están los materiales arrumados. Hoy vi que había arena, cal, vigas y unos sacos de cemento.
— Es que a esa iglesia nunca le pasan la mano, ni siquiera en Navidad, Padre —agregó con timidez.
— Para eso estoy aquí, Juan. La intención es mejorar.
Juan Toro asintió con un dejo de distracción, volviendo su mirada hacia la puerta.
— Padre, ¿y cómo así que usted es tan joven? Aquí que yo me recuerde hemos tenido dos curas, uno viejito que se murió recién llegando al pueblo y el padre Capallán que vino ya viejo y duró ahí en la iglesia toda una vida.
— La verdad es que no soy tan viejo. Tengo treinta y tres años pero siento en realidad que es solo una edad física. El alma se hace vieja con el conocimiento.
— No me venga con cuentos Padre. Yo tengo veintinueve. Casi que podríamos ser hermanos.
— Lo somos Juan, porque todos somos hijos del mismo Pa...
La risa de Juan interrumpió mi frase. —Esta bien, está bien. Yo mismo soy.
— ¿Tu mismo eres quién? —pregunté confundido.
— Yo mismo soy el que te va ayudar a arreglar esa iglesia pues. No te molesta que te quite el "usted"¿verdad?
— No juan. No me molesta en lo absoluto.
— Bueno Padre Acacio ¿Acacio es que me dijiste no?
— Acosta. Emilio Acosta...bue..., me puedes llamar Padre Emilio —balbuceé.
— Está bien. Si me acuerdo, así te llamo.— Hecho entonces Juan. ¿Cuál es tu oferta? ¿Cuando empezamos?
— Bueno. Yo estoy aquí solo en mi finquita todo el día. Después que atienda los animales yo bajo a la iglesia y te ayudo. Voy a necesitar avisarle a mis primos porque en esa obra se necesitan mas manos.
— Cuenta con las mías también Juan.
— Tu no padre, te vas a ensuciar el vestido.
Me reí de nuevo con sinceridad.
— Se dice sotana, pero no te preocupes que los curas tenemos otras ropas.
— ¡Será raro! Al otro cura jamás lo vi en pantalones.
— Es cuestión de preferencias.
— Bueno, no se hable más, Padre. Espérame en estas semanas que ahí no más empezamos la obra.
— Gracias Juan. ¿Y cuánto nos va a costar esa construcción? —pregunté para asegurarme si el monto me era accesible.
— ¡No, nada Padre! ¿Cómo cree que le vamos a cobrar a la iglesia? Eso es pa' todos. Además usted ya tiene los materiales, ¿no es pues?
— Es correcto Juan. Te lo agradezco en el alma y espero verte no solo durante las remodelaciones. Espero verte este domingo en el púlpito.
— No le prometo nada Padre, pero ahí veo si me da tiempo de bajar a la misa.
No quise importunarle más tratando de convencerlo de la importancia de la iglesia en la comunidad y de que para ti Señor, siempre debe haber tiempo, pues eres nuestro sustento de vida. Aún así no lo hice y a veces pienso que soy un cura anarquista... Ya se me han repetido en el pasado mi debilidad en no empujar lo suficiente para que la gente entre en la fe Católica; pero es que simplemente pienso que cada quién debe atender su llamado cuando su corazón esté preparado y eso debería ser de forma voluntaria.
Bien claro lo dice Juan 6:44 "Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero".
Lo que no sabe Juan es que el día de hoy has entrado en su corazón y le has pedido que nos ayude a rehabilitar tu Casa. Él lo ha entendido bien y dócil ha aceptado. Si Dios está conmigo, ¿quién contra mi?
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YO CONFIESO (BORRADOR)
Ficción GeneralSoy el párroco asignado a este variopinto y caluroso pueblo. Mi fe y mi entrega a Dios constituyen la fuerza y la razón de mi existir; pero desde que llegué a este lugar tan lleno de intrigas y tentaciones se han quebrantado mis cimientos y se ha a...
