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5. Para mí, en otra vida

El castillo ardía bajo la sinfonía de gritos. La torre Gryffindor había acaparado un odio especial de parte de los criminales y no tardo en venirse abajo. Los niñitos en pijama se desgarraban las gargantas clamando por una ayuda que nunca iba a llegar.

Iban a quemarse junto a su torre y estandartes, se volverían cenizas que perdurarían unidas a las de su casa. Y el león dorado de Gryffindor se callaría al fin, sofocado por el fuego.

Aquella noche Harry vio la piel de sus compañeros derretírsele sobre la carne, y esta carne tostarse hasta los huesos. Sintió el fuego maligno acariciarle y el nauseabundo aroma de sus amigos ardiendo le provocó arcadas.

Sin Voldemort acaparando sus pesadillas, los sueños mutaron al recuerdo y la culpa de lo que y quien se incendiara años atrás.

Despertó cubierto en sudor, enredado en las sabanas de seda. Rodeado de tanto rojo y dorado que por un segundo pensó tener once años nuevamente y estar en una torre sellada.

Busco a Canuto, tal vez podría culparlo del calor que le agobio en la inconciencia. Pero el animago se había marchado en algún momento de la noche, al estar solo una emoción oscura le anido en el pecho.

Antes de ir a dormir no se había tomado el tiempo de observar el lugar. Se impresiono ridículamente por el desconocido sentimiento de ser apreciado, tan confortable como siempre espero. Pero al abrir los ojos encontró el obvio y estrafalario gusto de Sirius untado por todas partes.

No sabia mucho de James, pero estaba familiarizado con el descarado don de su padrino para la decoración. Fuera en la realidad donde aquel extravagante hombre cayera, solo él adornaría su entorno con la figura disecada de un horrible león. ¿En serio Sirius? La criatura ni siquiera parecía estar muerta al momento de, tan fea como era.

El armario entreabierto se desbordaba con la tela de uniformes para quidditch, todos de diferentes tonalidades de rojo. Sobre él Harry podía ver varias partes de un equipo de pociones y algunos calderos rotos.

El mago recordaba que los antepasados de su familia (hasta que llegara él para perjudicar el talento ancestral) habían sido habilidosos maestros de pociones. Su abuelo contribuyo a agrandar su ya de por si cuantiosa fortuna al inventar un par de pociones.

Sobre la mesita se exhibían diferentes fotografías de gente que Harry nunca llego a conocer. Solo identifico los rostros de Remus y Tonks, riendo tan despreocupadamente que el corazón se le encogió. Tonks había sido buena con él, compartiendo comida que robaba, intentando enseñarle lo que todos habían evitado y siendo una especie de débil hermana mayor. Era tan buena que podía fingir que su marido no tenía el corazón roto por culpa del rostro que estaba condenado a cargar. O como si la depresión que arrastraba no tuviera que ver con sus propias desgracias que la habían alcanzado.

Su mirada sospechosa se clavó en la imagen de Sirius abrazado íntimamente de la cintura de un taciturno James. Pensó cuidadosamente un par de segundos y reviso con ojos débiles una vez más la habitación vacía, el entorno donde parecían coexistir la locura de Sirius con un suave y casi cotidiano estilo hogareño. Recordó al perro estúpido que se había escapado en medio de la oscuridad y aplano los labios.

Se levanto pateando las sábanas violentamente y salió trastabillando del cuarto.

Pero Sirius observaba pacífica y honestamente al miserable James Potter sentado frente a la chimenea. El hombre nunca se había visto completamente sano o algo menos que triste desde aquel Halloween, pero por un tiempo dejo de lucir tan mal. Afligido, torturado. Entre el deseo de abrazar a aquel hijo y colmarlo de todos los besos que durante quince años no pudo dar o suplicar perdón a la lapida del bebé roto en el Valle de Godric.

El castillo en nunca jamásHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora