4. El amor todo el tiempo
James Potter alguna vez fue el hijo favorito del cielo. Los primeros años de su vida se escribieron para ser desenfrenados y alegres. Durante algún tiempo se regocijo en la radiante cima del hedonismo, adquirida por un apellido noble en un mundo regido por etiquetas.
Aquel noble maestro, cuyo paso estaría grabado eternamente en los pasajes de Hogwarts, no tenía idea de que vivir podía ser tan doloroso.
A los veinte años se le concedió una nueva experiencia, el nacimiento de un bebé gordito y precioso. Harry para James fue todo lo que tenía sentido, era la felicidad y el esplendor. Su existencia era la cúspide de la satisfacción y el sentido de cada uno de sus latidos.
Pero su paternidad estaba destinada a durar un año. ¿Cómo le llamas a un padre que ha extraviado a su niño? Durante quince años no pudo respirar ni responder esta pregunta. Cambiando las flores en la pequeña lapida compulsivamente, como si el bebé bajo ella se entristeciera por los pétalos algo menos que hermosos.
James intercambiaría su realidad llena de perfección por una oportunidad para su hijo. ¿Por qué el cielo le castigaba de esta forma? No había sido más que obediente, siguiendo siempre los caminos de la luz, sin desviarse en atajos.
Por más de treinta años, no importa la magia que intentara o la empresa en la que se encomendara, ni quien fuera su enemigo, James podía conquistarlo todo sin el mínimo esfuerzo. Pero ninguna victoria, don o conocimiento le sabían bien pues sabía que toda aquella belleza había sido canjeada por la única gran desgracia de su pasado.
Se acurruco en la esquina del despacho de Snape, como un animalito herido. Con los ojos bordeados de rojo y la tez pálida, noto a Sirius vibrar de alegría pura sin perderse la explicación del ex director. Su alma dolió ante el relato del pequeño mago, la historia alternativa donde su bebé le sobrevivía no se escuchaba menos bella que la paz de su sepulcro.
La experiencia indicaba que el destino de su hijo en todos los mundos era terrible. Y en ninguna oportunidad James parecía capaz de ser padre. Se sintió triste y hueco, como un mal chiste.
Apenas ahora entendía que toda esa perfección no era más que una compensación por su breve aparición en la obra de Harry. Su bebé en todos los mundos.
Por primera vez desde que Sirius llegara con él, levanto los ojos y miro directamente hacia el maguito. El niño, aquel Harry, se sentaba dolorosamente en una silla frente al cuadro de Albus Dumbledore, ambos se observaban de tú a tú.
La mirada del anciano en el cuadro descendía sobre el adolescente con ligereza. Como si se la estuviera pasando en grande.
─No pareces demasiado complicado con estos eventos. ─opino remilgadamente el retrato. Su mano tanteo hacia un costado, hasta salir de su propio marco y aparecer en el de su vecino. Los dedos delgados tocaron distraídamente un frasco de dulces en la mesa de Armando Dippet.
─Con el paso de los años aprendí a aceptar lo que la vida (o la muerte ¡aja!) quisiera darme. ─se encogió de hombros. Le hablaba a Dumbledore con tal desplante y arrogancia que los labios de James se curvaron tímidamente.
En su escritorio Snape bufo y sujeto su frente desganadamente, como si pudiera ver un futuro muy oscuro frente a él.
Pero Harry frunció el ceño suavemente sin darle importancia, como si pensara algo de forma profunda. ─Y de todas formas, ¿no iba yo a morir entonces? ¿Por qué me complicaría esta situación? Estaba listo para desaparecer en ese momento y no tengo pendientes con aquella vida. Les di lo que podía darles, ¿no?

ESTÁS LEYENDO
El castillo en nunca jamás
Fiksi Penggemar[ El reflejo no era un sueño, sino la pesadilla de lo no destinado a ser.] Su vida trató sobre deber. Desde el nacimiento hasta la muerte fue un periodo de caos destinado a nutrir su sacrificio, lo sabía y estaba bien con eso. Pero ¿por qué al morir...