LXI

454 50 80
                                        


Pablo fue llevado a otra habitación apenas entramos. Un oficial lo guio mientras yo me quedé atrás, mirando cómo se alejaba. Me dieron un lugar para esperar, un banco de madera incómodo junto a una máquina de café que zumbaba constantemente, pero no me importaba. Había hecho una promesa, y la iba a cumplir. 

El reloj avanzaba lento, como si las agujas se arrastraran solo para torturarme. Cada minuto que pasaba me parecía eterno, pero no podía permitirme flaquear. Me quedé ahí, con los brazos cruzados y la mirada fija en la puerta por donde lo habían llevado, esperando que saliera.

Mientras él declaraba, a mí me llegaban mensajes uno tras otro. Saqué el teléfono del bolsillo y vi el nombre de mi mamá aparecer en la pantalla una y otra vez. "¿Dónde estás? ¿Por qué no contestas?", decía uno de los mensajes. Después apareció otro: "Marizza, necesito que me llames. Ahora".

Y luego estaba él. Ese hombre al que jamás llamaría papá. De repente tenía mi número de celular, y se creía con el derecho de enviarme mensajes reclamándome.  "Responde, Marizza. Esto no es una broma", decía. 

Suspiré con frustración y bloqueé la pantalla. Ellos no entendían. Jamás lo harían. Lo que estaba haciendo ahora era mucho más importante que cualquier cosa que tuvieran para decirme.

Pasaron horas. La madrugada llegó y con ella el cansancio, pero no me moví ni un centímetro. El banco duro se sentía cada vez más incómodo, y mis piernas empezaban a doler por estar tanto tiempo en la misma posición, pero nada de eso importaba. Solo pensaba en Pablo, en lo difícil que debía ser para él decir en voz alta todo lo que había callado durante tanto tiempo.

De vez en cuando, algún oficial pasaba cerca de mí, mirándome con curiosidad, como si no entendieran qué hacía una chica sola en una comisaría a esa hora. O tal vez, me reconocían de las revistas, como la hija problemática de Sonia Rey. Pero nadie preguntó nada, y yo agradecí que me dejaran tranquila.

Cerré los ojos por un momento, intentando distraerme de la ansiedad que me carcomía, pero cada vez que lo hacía, imágenes de Pablo y Sergio volvían a mi mente como un mal sueño. Los gritos, las lágrimas, el miedo en los ojos de Pablo, los golpes en su piel... 

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la puerta de la habitación se abrió. Levanté la cabeza de golpe, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba. Ahí estaba él, con los hombros caídos, los ojos enrojecidos y una expresión de cansancio absoluto en el rostro.

Me levanté de inmediato, cruzando el espacio entre nosotros en segundos.

—¿Cómo te fue? —le pregunté en voz baja, sin saber si debía abrazarlo o darle espacio.

Él me miró, con los ojos húmedos y una pequeña sonrisa que parecía querer asomarse pero no podía.

—Lo dije todo, Marizza. Todo—

Sus palabras fueron como un peso que cayó de mis hombros. Sentí un nudo formándose en mi garganta, pero lo disimulé. Ahora no era momento de mostrar debilidad.

—Estoy orgullosa de vos —le dije, sinceramente— Fuiste muy valiente—

Pablo asintió, y por un momento pareció que iba a derrumbarse ahí mismo, pero dio un paso hacia mí y me abrazó. Fue un abrazo distinto a los de antes, uno cargado de alivio, agotamiento y algo más. Un agradecimiento silencioso que no necesitaba palabras.

—¿Nos podemos ir? —susurró después de unos segundos —A Sergio lo van a arrestar... eso ya está en manos de la justicia—

—Sí —respondí, apretándolo un poco más antes de soltarlo—Podemos volver al colegio si queres, lejos de todo este quilombo—

Has llegado al final de las partes publicadas.

⏰ Última actualización: Jan 26, 2025 ⏰

¡Añade esta historia a tu biblioteca para recibir notificaciones sobre nuevas partes!

The actingDonde viven las historias. Descúbrelo ahora