—¿Aida? —Me siento en el filo de la cama, junto a ella.
—No es nada, solo una pesadilla. —La sonrisa que me dedica no es genuina y se da cuenta cuando frunzo el ceño en respuesta. —No quiero hablar de ello.
—No tienes que hablarme de ello. Solo quiero saber si las tienes frecuentemente.
—Pues depende. Hay días que no tengo ninguna en absoluto. Otras veces, las tengo a diario.
—¿Has hablado con alguien de esto? —Su silencio me alerta y su mirada hacia la nada confirma mis dudas. —No quiero obligarte a nada, de verdad, pero quiero brindarte la oportunidad de obtener ayuda profesional. Ya que no quieres hablar conmigo.
—¿Un psicólogo? No se me ha ido la pinza.
—No tienes que estar loca para ir al psicólogo, Aida, quiero que entiendas esto. La salud mental es muy importante. Está afectando a tu salud física al no dormir tus horas.
—¿Me lo estás diciendo tú? Tienes unas ojeras que no te entran en la cara.
—Yo antes iba al psicólogo una vez a la semana.
—¿Y por qué dejaste de ir?
—Por falta de tiempo y pereza. Pero tú deberías planteártelo.
—No sé...
—Hagamos un trato. —Pone los ojos en blanco aunque se le escapa una sonrisita inocente.
—Te dedicas a cerrar tratos...
—Vas a una sesión y, si no estás cómoda, no vuelves. A cambio yo te daré lo que tú quieras. Te daré un vale que no caduca. ¿Qué te parece? —Estamos en silencio durante unos segundos, bastante largos, en los que medita la propuesta.
—Bueno. Solo una. —Acepta sin estar muy convencida.
—Genial. —Sonrío con sinceridad mientras me levanto de la cama.
Sus ojos se amplían ligeramente y su expresión revela sorpresa y asombro. La toalla se aferra a mi cuerpo mientras me alejo de ella, sintiendo su mirada intensa sobre mí.
—¿Qué haces en toalla?
—Me estaba duchando.
—Tienes jabón. —Me escanea por completo provocando que mi piel se erice. Sus ojos encuentran los míos, por lo que al darse cuenta de la pillada que le acabo de hacer, el color de su cara empieza a cambiar gradualmente.
—Me voy a terminar de duchar.
Mientras salgo del baño, el sonido de una melodía familiar llena el aire. Sigo la música hasta la cocina, donde encuentro a Aida, moviéndose con gracia mientras canta alegremente.
Su voz llena el espacio. Cada palabra cantada es como un rayo de sol que ilumina la estancia, infundiendo energía y calidez en el ambiente. Observo cómo Aida se mueve con gracia y pasión, sintiendo la canción.
Después de unos momentos, se da la vuelta distraída, absorta en sus pensamientos. Al girarse y encontrarse conmigo en el marco de la puerta, su expresión cambia drásticamente de sorpresa a susto. Sus ojos se abren desmesuradamente y su mano se lleva al pecho. La sartén cae al suelo.
—¿Eres tonta? —Me acerco para recoger la sartén vacía y dejarla en la encimera. Mi sonrisa permanente parece molestarla aún más. —Me va a dar un puto infarto, tengo el corazón a mil.
Aida me mira con determinación y toma mi mano, colocándola suavemente sobre su pecho, justo encima de su corazón.
En ese instante, nuestras miradas se encuentran y una corriente eléctrica parece recorrer nuestro contacto. Los latidos rápidos de su corazón se transmiten a través de mi mano, y puedo sentir su pulso acelerado en cada palpitar. Nos quedamos mirando nerviosamente.
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Quererte en silencio
RomanceGabriela, una exitosa empresaria de espíritu independiente y dedicada por completo a su carrera, se ve enfrentada a un inesperado giro en su vida cuando su hermano mayor le pide un favor inmenso. Ante una urgencia, Gabri debe hacerse cargo de su hij...
