23. Pacto de silencio

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Después de nuestra conversación en el coche, puedo sentir que se ha enfurruñado. El día continúa con un aura incómoda mientras participamos en este segundo día de celebración. Aida está evitándome, y aunque intento interactuar con ella de manera normal, es evidente que está molesta de más.

Aida sabe bien cómo poner distancia entre nosotras. Sabe bien cómo evitarme. Lo que no puede evitar son las miradas indiscretas de los tres jóvenes que siguen aquí y revolotean sobre ella.

La noche avanza y la celebración sigue su curso. Aida continúa manteniéndose alejada de mí, concentrándose en conversaciones con otros invitados. Trato de distraerme, unirme a grupos de conversación y mantener una sonrisa en mi rostro, pero no puedo evitar sentirme algo celosa por la compañía que tiene de los tres niñatos.

De un momento a otro, Aida se excusa y se aleja de ellos caminando hacia el baño con paso decidido, y yo, sintiendo la urgencia en su mirada, no puedo evitar seguirla, pensando seriamente en la conversación que quiere tener.

La realidad es otra cuando cruzo la puerta. Aida me mira fijamente, sus ojos transmitiendo una mezcla de enfado y frustración. Antes de que pueda decir algo, ella toma la iniciativa, colocando suavemente sus manos a ambos lados de mi rostro y atrayéndome hacia ella en un beso apasionado. Sus labios se mueven con urgencia y deseo, como si estuviera intentando comunicarme algo más allá de las palabras.

Finalmente, toma un profundo suspiro y se aleja un poco, lo suficiente como para hablar pero sin evitar que nuestros alientos se mezclen. Puedo sentir la tensión en el aire mientras ella busca mis ojos con los suyos.

—Lo sé. —Murmura suavemente, su voz cargada de una mezcla de resignación y determinación. —Sé que tienes tus razones para decir que no, pero es que es mucho tiempo... —Sus mejillas se encienden, imagino que quizás está pensando en lo desesperada que se podría ver.

—¿No decías que quedaba poco?

—El tiempo es relativo dependiendo de dónde lo apliques.

—Son tres meses... sé que es difícil pero tienes que aguantar. Tú por lo menos lo hiciste ayer, yo llevo un tiempo en abstinencia y no suelo durar mucho. —Mis mejillas se tiñen de un color carmesí al estar hablando de esto frente a ella, me hace sentir como una adolescente.

—Yo ayer no hice nada. —Aporta tajante, aunque rápido sus comisuras se elevan formando una sonrisa. —¿Celosa de Bastiaan?

—No, y tampoco de esos tres niñatos. —Mi voz es ronca, cargada de deseo debido a la cercanía y las vista que tengo de su cuerpo.

La atmósfera intensa entre Aida y yo se rompe en un suspiro cuando oímos la voz de Muri y Johanna. Nos separamos rápidamente, sorprendidas por la interrupción inesperada. Ambas miramos hacia la entrada del cubículo para ver a las dos chicas, Muri y Johanna.

—Oh, pensaba que os habíais ido. —Dice Muri, con una sonrisa traviesa en los labios.

Aida y yo soltamos una risa nerviosa. Me paso una mano por el pelo, intentando recuperar mi compostura, y Aida se intenta esconder detrás de mí.

—Solo estábamos... charlando. —Respondo con una sonrisa que intenta ser inocente.

Johanna ríe suavemente y cruza los brazos, mirándonos con picardía. —Vaya, parece que interrumpimos algo interesante.

Aida y yo intercambiamos una mirada cómplice. —¿Algo que queráis contar vosotras también?

Rápido la situación se voltea, mirándose nerviosas al ver que hemos desviado la atención hacia ellas. —Deberíais limpiaros las comisuras de los labios antes de salir. —Aida aporta la información de forma inocente. —Os habéis debido de tocar accidentalmente y tenéis todo el pintalabios corrido.

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora