45. Me siento fatal

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El camino en el coche transcurre en silencio, sin una conversación, solo el suave sonido de la música de la radio y la maravillosa voz de Aida mientras canta. Disfruto cada nota que sale de sus labios y me sumerjo en el momento.

Finalmente, llegamos al parking del edificio y aparco el coche. Antes de abrir mi puerta, le pido que espere un momento. Bajo del coche y me apresuro a abrir la puerta del lado de ella. Unos segundos después, veo cómo se le escapa una sonrisa, y acepta mi mano extendida para ayudarla a bajar del coche.

Llegamos al ascensor, y antes de dejar que se cierren las puertas, pongo una mano para evitarlo. Le tiendo las llaves de la casa a Aida.

—Se me ha olvidado una cosa en el coche, no tardo.

Salgo del ascensor y me dirijo a las escaleras para subir a la última planta. Me escondo detrás de la pared y con sigilo grabo mientras Aida abre la puerta. Me acerco despacio una vez que está dentro y mi móvil capta a la perfección el momento en que se encienden las luces y todos los invitados salen al unísono gritando —¡sorpresa!

El plan parece haber funcionado a la perfección, y la expresión de asombro en el rostro de Aida es impagable.

La emoción embarga a Aida cuando todos se acercan para abrazarla, y las lágrimas de felicidad brotan de sus ojos. Yo me quedo a un lado, grabando cada momento. Sus amigos, compañeros de academia y los míos están todos aquí.

Cuando Aida finalmente termina de abrazar a todos, Neva me empuja suavemente y toma mi móvil. Aida se acerca y me abraza con fuerza, como si quisiera decirme algo más. Nos separamos un poco, y acaricio su mejilla con ternura antes de depositar un beso en sus labios. La gente vitorea y aplaude ante este gesto espontáneo, y puedo sentir su sonrisa en medio del beso.

La noche continúa y todos nos hemos acomodado estratégicamente en el salón para disfrutar de las pizzas. Durante ese momento, la música sonaba de fondo a un volumen bajo para no interrumpir las conversaciones. Pero ahora, la situación es diferente, y tengo que gritarle al de al lado en la oreja para que me escuche debido al aumento del volumen.

Pasan un par de horas desde que he estado con Aida. Miro el reloj y veo que son las dos de la mañana. Algunos de mis amigos están bastante alegres debido a las copas que han tomado, pero los amigos de ella, excepto Lucía y Héctor, parecen estar más borrachos que una cuba.

Kayden me ayuda a pedir tres taxis para llevarlos a casa y asegurarnos de que estén bien.

A las tres de la mañana, solo queda la gente que aún tiene sus facultades mentales en condiciones aceptables. Aunque el ambiente es más tranquilo, la diversión continúa y todos disfrutan de la compañía y la música.

De un momento a otro, siento que tiran de mi brazo y me arrastran hacia mi habitación. Cuando me giro, veo a una Aida con una expresión triste en la cara.

—¿Qué te pasa, mi amor? ¿Te encuentras bien? —Pregunto preocupada.

—No. Me siento fatal. Por haber desconfiado de ti. Tú preparándome una sorpresa y yo acusándote de estar con otra.

—Eh, Aida, no pasa nada, no estoy molesta. Después de todo lo que hemos pasado, estoy agradecida de que estés aquí, conmigo.

—Pero...

—No pasa nada por tener inseguridades. Ya te he dicho que yo también las tengo...

—¿Qué inseguridades puedes tener tú?

—Muchas, Aida, y todas implican el miedo a que me dejes.

—Pero yo no te pienso dejar nunca.

—Yo tampoco te pienso dejar nunca, mi amor, pretendo estar ahí, para ti, arrancarte todas esas inseguridades y decirte, cada día, que te amo. Porque te amo, cómo nunca he amado a nadie, Aida.

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora