27. Super niñera

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—Ya sé que no vas a querer meterte por evitar hacerme daño, pero quédate, por fa. —Me hace un puchero mientras me mira con los ojitos brillosos.

—Está bien.

Mientras Aida se sumerge en la bañera, el vapor del agua caliente envuelve el aire a su alrededor, creando un ambiente de relajación y comodidad. Con cuidado, tomo la esponja y la empapo en agua, asegurándome de que esté en la temperatura adecuada para no causarle molestias.

Empiezo a frotar suavemente la esponja sobre su cuello, sintiendo la textura de su piel bajo mis dedos mientras aplico una presión muy suave. Mi atención se centra en cada centímetro de su cuerpo, y me aseguro de ser especialmente delicada al pasar por la zona de su costilla herida.

A medida que la esponja recorre su cuello y hombros, observo cómo Aida se relaja aún más en el agua caliente. Puedo ver cómo su expresión facial cambia, dejando atrás cualquier tensión que pueda haber estado sintiendo. Sus ojos están cerrados, y su respiración es lenta y tranquila, lo que me indica que está disfrutando de este momento de cuidado.

Lentamente, desciendo la esponja por su espalda, asegurándome de mantener la misma suavidad en cada movimiento. A medida que continúo frotando la esponja, puedo notar cómo sus músculos se relajan aún más, como si todo el estrés y el dolor se estuvieran disipando bajo mis manos.

Cuando decide que es suficiente me dispongo a ayudar a Aida a salir de la bañera y envolverla en una toalla suave, me aseguro de que esté cómoda y bien cubierta. Mi corazón late un poco más rápido de lo normal, y no puedo evitar sentir un cierto nerviosismo por la cercanía de nuevo. Algo en esta situación parece haber elevado la tensión entre nosotras.

Con cuidado, la ayudo a vestirse, siendo consciente de cada movimiento y cada roce. Mi mente está llena de pensamientos contradictorios y emociones encontradas. No puedo evitar sentir un deseo cada vez más fuerte que me empuja hacia ella.

Luego de vestirla, la guío con suavidad hacia la cama y la acomodo con cuidado. Sus ojos color miel me observan con una mirada que parece decir más de lo que las palabras pueden expresar. —Gracias, de verdad.

—No me las des, Aidi.

Decido darme una ducha fría para intentar relajar mis pensamientos y emociones. El agua fría cae sobre mi piel, causando una sensación refrescante pero al mismo tiempo avivando mis sentidos. Trato de centrarme en la sensación del agua en mi piel, en lugar de dejar que mi mente divague hacia lugares peligrosos.

Después de la ducha, me seco rápidamente y me pongo una camiseta cómoda y unos pantalones cortos. Me dirijo de vuelta a la habitación donde Aida me está esperando. Me siento a su lado.

—¿Por qué no te duermes?

—Quería hablar contigo. Pedirte perdón por mi comportamiento al entrar.

—No pasa nada. ¿Qué tal con la psicóloga?

—Muy bien, es muy agradable. —La miro extrañada.

—¿Y por qué estabas tan alterada?

—No quiero decírtelo. A lo mejor te molestas. Pero no puedo evitarlo es una fuerza mayor y me he ido para no discutir contigo y volverte a enfadar porque sé cómo te tomas estas cosas y... —Acabo de comprender lo que pasa.

—Me has visto con mi secretaria. —Me echo a reír al ver la cara de arrepentimiento de Aida por su comportamiento.

—Quizás...

—Pero, amor, prefiero que hables conmigo si estás celosa. No que me lo eches en cara, claro, pero que me preguntes si algo te hace sentir insegura. —Acaricio su mejilla con ternura. —La comunicación y la confianza son la clave, ¿vale?

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora