21. Ley del hielo

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Una noche agitada me mantiene despierta, el sueño se escapa de mis manos y mi mente no puede encontrar la calma necesaria para descansar. Las horas pasan lentamente mientras lucho por conciliar el sueño. Finalmente, decido que no tiene sentido seguir en el sofá, así que me levanto en la oscuridad antes del amanecer.

Vestida con ropa deportiva y zapatillas, salgo a correr por las calles silenciosas y envueltas en sombras. El aire fresco de la madrugada me envuelve y el ritmo constante de mis pasos me ayuda a liberar tensiones. Las calles que normalmente estan llenas de actividad diurna ahora se encuentran tranquilas, solo interrumpidas por mis pisadas y mi respiración.

Finalmente, después de recorrer un camino largo y agotador, regreso a casa. Pero algo es diferente esta vez. Al entrar, puedo sentir las miradas de sorpresa y asombro de todos los presentes. En lugar de aparecer en una de las habitaciones, he llegado directamente desde la calle, empapada de sudor y respirando agitadamente.

Pongo los ojos en blanco cuando entiendo que me conocen lo suficiente como para saber que algo no va correctamente.

—¿Todo bien? —Marín es el primero en preguntar.

—Eso te lo tendría que preguntar yo.

—¿Es por lo que pasó anoche con Aida? —Muri me pregunta con cautela. —Bajé a pedirte perdón pero estabas... ocupada. —Juega con sus manos con nerviosismo, preocupada por mi carácter habitual.

—Sí, ha sido precisamente por eso. Parece ser que se le olvidó que es menor de edad.

—¿Y eso es lo único que te retiene para intentar algo?

—Bueno, hay otros factores determinantes. No me gustaría que sufriera, preferiría que viviese todas las etapas, también está el hecho de que es como mi sobrina.

—¿Pero a ti te gusta de verdad? Porque eres de tirarte a todo lo que se mueve. Seguro que si le pregunto, desde que está contigo no tiene dedos para contar a todas.

—Desde que... cuando descubrí... cuando supe... Bueno, que ya no me tiro a nadie. No me apetece nada con nadie.

—Nada con nadie que no sea Aida.

—Si fuera mayor de edad me lo plantearía. —Resoplo con frustración.

—Pero, ¿cuándo hace la mayoría de edad?

—El cinco de junio. —Ante mi respuesta Joha grita angustiada.

—Es géminis. El peor signo del zodiaco.

—Que yo sepa, somos bastante compatibles en todos los ámbitos. —Hablo recordando la información que había encontrado buscando tras enterarme de lo mucho que le fascinaban estas cosas.

—Osea que te informas sobre los intereses de Aida. Te pones celosa. La besas... pero estás dispuesta a esperar un par de meses por un número de mierda. —Hernes se estresa y me grita, aunque intente mantener el tono de voz.

—¿Podemos dejar este tema? —Suspiro sabiendo que tengo que afrontar lo que me dijo la adolescente anoche.

—Claro, ya nos vamos. —Claudia sonríe mirando a otra parte, como si no quisiera acercarse ni hacer contacto visual.

—Esperad... —Todos me miran expectantes sin tener idea sobre qué les quiero hablar.

Reúno el valor necesario para dirigirme a mis amigos, sintiendo un nudo en la garganta ante la idea de compartir mis pensamientos con ellos. Carraspeo ligeramente y miro a cada uno de ellos.

—Quiero empezar diciendo que no debería haber estado tan distante todos estos años. No es culpa vuestra y lo sé. Habéis sido buenos amigos conmigo, siempre. Y me he dado cuenta de que tal vez me he perdido mucho por miedo. —Empiezo, buscando sus miradas y encontrando comprensión en ellas.

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora