Me despierto lentamente, como si estuviera emergiendo de un profundo sueño. La suave luz del amanecer se filtra a través de las cortinas, pintando delicadamente la habitación con tonos dorados y rosados. Mi cuerpo se siente cálido y reconfortado, y poco a poco tomo conciencia de los besos que están descendiendo desde mi mandíbula hasta mi cuello, como plumas que acarician mi piel.
La sensación de esas caricias provoca un hormigueo placentero que se extiende por todo mi ser, haciéndome abrir los ojos con suavidad. Allí está ella, con esos ojos que brillan con amor y deseo mientras su boca se acerca cada vez más a mi abdomen, un territorio libre porque mi pijama se ha levantado ligeramente en el proceso.
Mis dedos encuentran su rostro, una caricia silenciosa que le dice cuánto la quiero, cuánto la deseo. Y entonces, nuestros labios se encuentran.
El beso se desarrolla lentamente, como una melodía que se despliega con suavidad. Nuestros labios se rozan con ternura, explorando cada rincón familiar con pasión contenida. Cada contacto es una caricia, una promesa de amor eterno, y siento cómo mi cuerpo se relaja y se llena de calidez en respuesta a sus dulces labios.
Las caricias se multiplican, nuestras manos encuentran su camino, acariciando la piel que se revela bajo las sábanas. Mi respiración se vuelve más profunda, mi corazón late con fuerza, y todo mi ser se enciende gradualmente. Sus labios, suaves como pétalos de rosa, exploran mi boca con una pasión que crece lentamente pero con firmeza.
Y entonces, cuando menos lo espero, siento su mordisco en mi labio inferior. Es un gesto que despierta una gran cantidad de deseo, como un fuego que se aviva ante la promesa de más pasión por venir.
La melodía insistente del teléfono interrumpe nuestro apasionado momento, sacándonos de nuestra burbuja de cariño. Aunque agradecida por la interrupción, tomo el teléfono con una sonrisa y le doy un rápido beso a Aida antes de contestar la llamada, está totalmente frustrada y no puedo evitar reir.
—¿Sí?
—Bri...
—Kayden. —Mi semblante cambia y mi voz se vuelve mucho más neutra. —No deseo hablar contigo.
—Sólo escúchame. Se han reunido todas las pruebas contra la hermana de Neva pero no quiere ir sola a hablar con sus padres. Yo no puedo ir y ella no quiere molestarte así que te lo pido por ella.
—Tiene ventisiete años, creo que es lo suficientemente adulta como para resolver los problemas familiares sola.
—Un poco de apoyo no le vendría mal...
—¿Por qué no pregunta por el grupo ese que tenéis? Vais a ver todos lo hiriente que puedo llegar a ser. —Cuelgo la llamada y tiro el teléfono con algo de enfado a la mesilla.
Veo que Aida me mira con algo de pena en sus ojos, lo que me hace entender que se ha escuchado la conversación por el teléfono. —Quizás...
—No, Aida, no ha pasado ni un día, sigo bastante cabreada.
—Mira el lado bueno, todo ha salido tan bien que no han intervenido.
—El mero hecho de que nos estuviesen controlando me pone histérica. Me siento cómo una adolescente cuando su madre la espía con su primer amor.
—¿Hizo eso?
—¿No te bastó con un día para saber cómo es?
—Tienes razón. —Se ríe al imaginarse la situación, contagiándome un poco en el proceso. Ahora es su teléfono el que suena.
—¿No lo vas a coger?
—Es Lucía, otra vez. —Enarco una ceja y le dedico una sonrisa desigual.
—¿Y no quieres hablar con ellos? Mira el lado bueno de las cosas. —Le devuelvo sus palabras y ella pone los ojos en blanco. Poco después se queda mirando a un punto fijo y veo como sus mejillas empiezan a tomar color. —¿Qué te pasa?
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Quererte en silencio
RomansaGabriela, una exitosa empresaria de espíritu independiente y dedicada por completo a su carrera, se ve enfrentada a un inesperado giro en su vida cuando su hermano mayor le pide un favor inmenso. Ante una urgencia, Gabri debe hacerse cargo de su hij...
