—Dan, ¿podrías hacerme un masaje en las piernas hasta el glúteo? Te pagaré más. —En cuánto le da una respuesta afirmativa, se quita los pantalones mientras me mira de una forma que no sé identificar, quizás... ¿provocativa? No creo.
Con toda la fuerza de voluntad que me queda acompaño a la masajista hasta la puerta de la habitación, quién se empeña en seguir sacándome tema de conversación.
—¿Cuánto te vas a quedar?
—Nos vamos en un rato.
—¿Es tu sobrina? —Señala hacia Aida. Me giro para mirarla y veo que nos está mirando con el ceño fruncido.
Analizo más a fondo la situación y me doy cuenta de dónde están sus manos, eliminando toda la fuerza de voluntad que había procurado tener.
—Ya te llamaré, Ana. —Sonrío falsamente y cierro la puerta para dirigirme hacia Aida.
—¿Ya te llamaré? —Me reprocha con ironía. —La chica de la que hablabas no te debe gustar tanto. Tienes su tarjeta y todo.
—Eh, perdona, ya puedes irte. —Sonrío amablemente al chico que se estaba viendo envuelto en nuestra conversación. Le doy un billete de diez ya en la puerta.
—Pero yo quería el número de Dan.
—Ni de coña. Te saca diez años por lo menos. ¿Puedes centrarte?
—Ya empezamos. Vamos a ver la tarjeta de la queridísima Ana. —Empieza a buscarla entre mis cosas. Poco a poco se empieza a desesperar al no encontrarla. —¿Dónde está?
—Guardada.
—Ah, genial, no has perdido el tiempo.
—¡Se la he metido en el bolsillo cuándo se iba! Joder. —Se queda en completo silencio, aunque no sé si es porque he levantado la voz o por la información en sí. —¿Qué es lo que te molesta tanto, Aida?
Se queda en silencio sin saber qué contestar. Le dejo tiempo suficiente para que elabore una respuesta que nunca llega.
—Yo ya te expliqué que, si en algún momento de mi vida me gustase alguien, limitaría las personas con las que me acuesto. No creo que debas preocuparte.
Me dirijo hacia el armario del hotel y empiezo a guardar las pocas cosas que me he traído. Aida hace lo mismo en el otro lado de la cama. Su mirada insistente cada vez es más intensa logrando lo que quiere, que alivie la tensión.
—¿Te ha gustado el viajecito?
—Ha estado muy bien. Las vistas son preciosas. Y el lugar de las estrellas... fue lo que más me gustó.
—Me alegro. —Termino de cerrar la maleta y me dirijo al baño de la habitación evitando que siga con la conversación. Lo cierto es que me ha dejado muy confundida la actitud de Aida, cómo si quisiera reclamar algo. ¿Por qué?
Salgo del baño y la encuentro esperándome en el pasillo, nerviosa, cómo si quisiera decirme algo con la mirada.
—Gabriela...No sé por qué he reaccionado así. Supongo que, si la persona de la que te he hablado hiciera eso... yo...
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Quererte en silencio
RomantikGabriela, una exitosa empresaria de espíritu independiente y dedicada por completo a su carrera, se ve enfrentada a un inesperado giro en su vida cuando su hermano mayor le pide un favor inmenso. Ante una urgencia, Gabri debe hacerse cargo de su hij...
