10. ¿Me odias?

484 32 0
                                        

Pasan los días hasta que llega el lunes. Aida entra apresuradamente por la puerta, dejando sus cosas de clase en un rincón y su mirada refleja una mezcla de sorpresa y preocupación. Sin mediar palabra se acerca. —Mi profesor ha renunciado. ¿Tienes algo que ver con esto?

Su tono de voz revela una leve sospecha, dejando claro que está buscando respuestas y una explicación por mi posible implicación en la inesperada renuncia.

—No sé de qué me hablas.

Tras la última charla en su habitación, he estado manteniendo distancia con ella, evitando ser cercana y mostrándome algo más fría. Si bien es cierto que no lo merece, no me estaba gustando la forma en la que mi corazón se comportaba con ella. No tiene porqué ser una excepción ni tengo que cambiar mi forma de ser con nadie.

—Sabes que sí, no ha pasado ni una semana desde que te comenté el problema que tenía con él.

—Debe ser una casualidad. —Ese hombre no va a volver a dar clase en su vida. Tras investigar, tenía varias denuncias de niñas que iban a su clase, aunque posteriormente habían sido retiradas sospechosamente.

—Genial, de acuerdo.

Durante las dos siguientes semanas nuestro trato era escaso. Trabajo, ella tiene instituto, llego a casa y cocino, llega y comemos y después cada una a lo suyo en su habitación hasta la hora de la cena.

Es martes, tranquilo y por la noche. Aida y yo cenamos en un silencio incómodo pero al que ya nos hemos acostumbrado. He notado que su humor ha empeorado desde hace dos lunes, creo que es porque me negué a hablar con ella sobre el profesor.

Me odio un poco, no entiendo el porqué no puedo gestionar esto de una forma distinta. Disfruto de las efímeras conversaciones que tengo con ella y que me gustaría alargar pero que no me permito. Odio que su tono de voz haya cambiado, su lenguaje corporal se muestre más reservado y su mirada perdida en el horizonte evite el contacto visual directo contigo.

También noto lo molesta que está por mi comportamiento, lo vacía que puede llegar a estar mi mirada y lo frías que pueden ser mis palabras. Siento como cada día está más y más cabreada y no puede ocultarlo tan bien como yo. Y veo como, en cualquier momento, podría explotar y gritarme a la cara.

Uno de los teléfonos que tengo en el salón suena, indicando que tengo una llamada.

—¿Qué teléfono es ese? Nunca le había escuchado. —Formula una pregunta a la que no le llega contestación. La sonrisa que he estado viendo estas dos semanas sale a la luz, una que me provoca incomodidad y que evito mirar siempre que puedo. Sonríe como mecanismo de defensa contra el estrés.

—¿Sí? —Contesto el teléfono que tengo exclusivamente para hablar con mi seguridad personal.

—Hemos encontrado a un muchacho, afirma ser el novio de la señorita Núñez.

—¿Dónde?

—Intentando colarse por el jardín.

—Voy. —Tras asegurarme de que Aida no haya escuchado la conversación me escaqueo hacia el jardín, dónde Miguel está apresado hecho una furia.

—Señorita, ¿qué hacemos con él?

—Miguel, ¿qué haces aquí?

—Quería hablar contigo.

—¿Eres consciente de que no quiero verte?

—Me da igual. Quiero hablar de Aida. ¿Qué coño has hecho?

—¿A qué te refieres?

—Está totalmente deprimida, sus notas han bajado demasiado, y lo único que hace es llorar cuando nadie la ve.

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora