Abro la puerta lentamente y la cierro del mismo modo con miedo de despertar a Aida. Son casi las cuatro de la mañana y voy absolutamente borracha por lo que mi intento de silencio se va a la mierda cuando me caigo al suelo, las llaves conmigo, y la lámpara a la que me intento agarrar también.
Unas pisadas bajan por la escalera a toda velocidad hasta detenerse justo enfrente, con los brazos cruzados. —Buenos días. —El incómodo hipo sale a relucir.
—Buenas noches, Gabriela. —No me pasa desapercibido mi nombre en sus labios. Su tono seco y enfadado me espabila de repente así que con toda la concentración posible consigo levantarme.
—¿Estás bien? —Empieza a analizar mi ropa. A la camisa negra le faltan un par de botones por lo que se puede ver mi sujetador perfectamente. La chaqueta la he debido perder en mi habitación en el Blissfizz. De mi cartera de mano, ahora en el suelo, sobresale un sujetador y unas bragas a conjunto que no son mías. —Ya veo que sí. Ten cuidado no te caigas.
¿Había visto decepción al ver la ropa interior en el suelo o eran ilusiones mías? Desde luego, voy demasiado borracha como para saberlo, lo que sí sé es que las vistas de Aida por atrás, sin pantalones, son una maravilla.
—¿Te han dicho alguna vez que estás buenísima? —Se detiene en seco y se gira con aún más cabreo que antes.
—¿Te estás riendo de mí?
—Todo lo contrario, no sé porqué tanto complejo si podrías ser, fácil, la niña más guapa que he visto.
—No soy una niña. —Podría jurar que su cara se ha suavizado un poco.
—Créeme, para mi absoluta desgracia lo eres, si no ya habría movido ficha. Me voy a dormir. —Y antes de dejar que diga algo más me tiro al sofá sin quitarme absolutamente nada. Me duermo en el acto.
Despierto por el sonido de unas llaves entrando a la casa. Es Aida. Lleva una mochila en la espalda la cual va a dejar a su habitación. Me vienen recuerdos de anoche pero no recuerdo haber llegado a casa, ni haberme quitado los zapatos y haber cogido una manta.
—Buenos días. —La sonrisa radiante de Aida eclipsa el sol que entra por la ventana.
—¿Qué hora es?
—Acabo de llegar del instituto.
—No te he hecho comida...
—He encargado comida, no tardarán en llegar. —Se va hacia la cocina y vuelve con una pastilla y un vaso de agua que no dudo en aceptar. —Tenemos que hablar sobre anoche.
—¿Te desperté? —Se muerde la sonrisa, ilusionada, como si estuviese recordando algo.
—Sí, te quité los zapatos y te traje una manta. Te caíste al suelo nada más llegar.
—Siempre que voy a esa discoteca me pasa lo mismo. El concepto que tiene Chak de pasarlo bien es beber hasta el día siguiente.
—No sé quién es Chak, ni lo que haces en esa discoteca ni quiero saberlo. Solo intenta no hacer ruido y beber menos, te puede pasar cualquier cosa por ahí sola.
—Sí jefa.
—Tenemos que salir de aquí a las cinco, lo sabes, ¿no?
—No me jodas, el cumpleaños de Neva. Se me había olvidado.
—Lo intuía.
—Perdóname Aida, ¿podrías comer sola? Hay dinero en mi monedero para que pagues al repartidor.
Apresuradamente, me dirijo al armario del baño en busca de un tinte negro. Encuentro uno que me gusta y me aseguro de elegir el tono correcto.
Sigo las instrucciones del tinte cuidadosamente. Preparo todos los elementos necesarios, incluyendo los guantes protectores y las herramientas de aplicación. Abro la botella del tinte y comienzo a aplicarlo en mi cabello, asegurándome de cubrir cada mechón de manera uniforme.
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Quererte en silencio
RomanceGabriela, una exitosa empresaria de espíritu independiente y dedicada por completo a su carrera, se ve enfrentada a un inesperado giro en su vida cuando su hermano mayor le pide un favor inmenso. Ante una urgencia, Gabri debe hacerse cargo de su hij...
