La suave luz del sol se filtra a través de las cortinas, iluminando delicadamente la habitación. Aida y yo despertamos a las once de la mañana, encontrándonos frente a frente. Nuestras manos están entrelazadas.
—Buenos días. —Me saluda con una sonrisa, al parecer no se ha dado cuenta que nos unen nuestras manos.
—Sí. —Respondo secamente, del mal humor que me caracteriza cuando despierto. Suelto su mano sin querer ser brusca. Su cara se torna roja, lo que confirma que no se había dado cuenta de nuestra unión.
Me levanto de la cama sin decir nada y me dirijo al armario de la habitación. Selecciono un sofisticado traje negro, completo, con chaleco incluido. Para Aida, un top negro con transparencias, unos pantalones de vestir de campana y una blazer.
—¿Por qué tienes esto si no es de tu estilo? —Aida me pregunta desde la cama, sin querer destaparse.
—Para cuándo alguien se queda a dormir. —Respondo seca, malhumorada y encima, resacosa.
—Genial, prefiero irme con el vestido. —Frunzo el ceño ante lo que acaba de decir.
—Tenemos que ir a un sitio antes de ir a casa. No puedes ir en un vestido de fiesta.
—Pues déjame en casa de Héctor.
—No. ¿Te has levantado con ganas de joder?
Veo su expresión cambiar, percibo una tristeza sutil en sus ojos. Me doy cuenta de que mis palabras la afectan demasiado. O quizás es normal y nunca me han importado los sentimientos de otras personas.
Un sentimiento de arrepentimiento me inunda mientras observo cómo su carácter decae. No puedo soportar verla así, aunque todavía no logro entender porqué.
Respiro profundamente, tratando de apartar cualquier rastro de aspereza de mis palabras. —Escucha, no quería decir eso. Puedo dejarte dónde quieras si no te apetece acompañarme o si no te apetece ponerte esta ropa por las razones que sean y que no entiendo. —Le sonrío con sinceridad, buscando borrar cualquier rastro de tristeza de su rostro.
Aida se levanta de la cama con una expresión seria y determinada. Siento cómo la energía en la habitación se tensa cuando toma la ropa de mis manos, mirándome con un destello de rencor en sus ojos. Me doy cuenta de que algo no está bien.
Mi pecho se aprieta mientras la observo dirigirse al baño sin decir una palabra. El silencio pesa en la habitación, lleno de una incomodidad que parece envolvernos. Me siento afligida. El tiempo que Aida se tira en la ducha llega a ser asfixiante para mí, no dejo de pensar en todo. Y una pregunta se repite constantemente. "¿Por qué esta chica me hace querer ser diferente y esforzarme en ser mejor?"
Mientras Aida sale del baño después de su ducha, levanto la mirada y noto de inmediato su presencia. Sin embargo, mi mente sigue perdida en mis pensamientos, sin percatarme de su acercamiento.
De repente, siento sus manos en mi rostro, cálidas y reconfortantes. Sus ojos, llenos de comprensión y ternura, se encuentran con los míos. Me acaricia con los pulgares lentamente acelerando sin remedio mi corazón. "¿Por qué se me acelera el corazón cuándo estamos tan cerca?"
—Gabriela, ¿estás bien? ¿ha ocurrido algo? —Su preocupación detiene mis pensamientos. Pongo mis manos sobre las suyas disfrutando de la cercanía, interiormente, por fuera tengo cara de póker.
—Todo bien.
—Sabes qué no estoy enfadada, ¿verdad? Era una broma. Claro que te acompañaré donde tú quieras.
—Es bueno saberlo. —Alejo sus manos de mi cara para obligarla a levantarse de esa postura tan incómoda. —Cuándo te dije que tuvieras paciencia... hace bastante que no me preocupo por mis formas de hablar. —Siento que he hablado demasiado así que para ocultar mi vergüenza, salgo rápido hacia el baño con mi ropa.
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Quererte en silencio
RomanceGabriela, una exitosa empresaria de espíritu independiente y dedicada por completo a su carrera, se ve enfrentada a un inesperado giro en su vida cuando su hermano mayor le pide un favor inmenso. Ante una urgencia, Gabri debe hacerse cargo de su hij...
