37. Familiares

384 17 2
                                        

El fin de semana pareció una eternidad mientras esperaba la vuelta de Aida de su viaje de fin de curso en Mallorca. Largos días de separación se extendieron frente a mí, y me encontraba atrapada en una especie de limbo, sin saber muy bien qué hacer con mi tiempo. Opté por volver a mi otra casa mientras ella estaba ausente, pero la sensación de vacío persistía.

Para tratar de llenar ese vacío y liberar algo de la ansiedad y la impaciencia que me embargan, me encuentro en el gimnasio. Después de correr la considerable distancia de veinticinco kilómetros, ahora me dedico a agotar mis últimas energías golpeando con fuerza el saco de boxeo.

Mientras sigo golpeando el saco, pienso en ella. Extraño su presencia, sus risas y su compañía. El ejercicio me ayuda a mantenerme ocupada, pero mi mente sigue volviendo una y otra vez a ella.

Tampoco puedo parar de recordar la llamada de Aida. Me dijo que llegará justo a tiempo para que Bastiaan la recoja y la lleve de regreso a la academia. ¿Por qué Bastiaan? Podría ir yo perfectamente.

Mi primera reacción fue enfadarme. Pero a medida que pasó el tiempo, una sensación de nerviosismo y tristeza se apoderó de mí. Y ahora me siento dolida, y no puedo evitar preguntarme si esta elección significa que Aida no quiere verme, razón de más para estar boxeando.

Un escalofrío me recorre cuando escucho un ruido proveniente de arriba. Puedo percibir cómo alguien se mueve con cautela, tratando de no hacer ruido. El silencio se prolonga durante un minuto antes de que vuelva a escuchar más ruidos, indicando que esta persona ha subido a las habitaciones y luego ha regresado. Puedo sentir cómo se acerca a donde estoy.

Aprovecho este momento para retirarme los guantes, aunque dejo las vendas en su lugar, preparándome para lo que pueda pasar.

Me tenso y me coloco en guardia cerca de la puerta, preparada para enfrentar a quien sea que haya ingresado. La puerta se abre y, para mi sorpresa, una cabellera rubia se hace visible. Mis sentidos se agudizan, pero antes de que pueda reaccionar, la reconozco. Es Aida.

Sin pensarlo dos veces, me lanzo hacia adelante, cargándola y agarrándola por los muslos mientras la beso. Nuestro beso es todo menos tranquilo. Es un torbellino de emociones, una explosión de anhelo y pasión que se ha estado acumulando durante los días de separación.

Mis brazos la sostienen con fuerza mientras nuestras bocas se encuentran con ansias. Nos sumergimos en el calor del momento y en el reencuentro que tanto ansiábamos. Nuestras lenguas se entrelazan en un baile apasionado, y nuestras manos exploran con avidez los contornos familiares de nuestros cuerpos.

—Sorpresa. —Susurra en mis labios y me abraza. —He traído comida.

Subimos a la mesa del comedor, y puedo ver que Aida ha comprado comida japonesa para la ocasión. Nos sentamos en la mesa, una al lado de la otra, lo cual es un cambio respecto a la forma en que solíamos sentarnos, enfrentándonos.

—¿Qué tal el viaje?

—Muy bien, hace algo más de calor que aquí, creo que es por la humedad. Aquí es soportable todavía, verás en junio.

—El tiempo que hace actualmente es maravilloso, normalito por el día y fresco por la noche.

—Estoy de acuerdo, por cierto, tengo que imprimir unas cosas para la prueba de acceso. Estamos a doce de mayo y todavía no he empezado a estudiar.

—Puedes usar la impresora de mi habitación.

—Vale. —Nos quedamos en un silencio cómodo unos segundos. —Todavía no me has enseñado a boxear.

—Es cierto. Te enseñaré cuándo estés libre.

El resto de la comida se desarrolla con Aida contándome todas las emocionantes experiencias que vivió en su viaje y expresando lo profundamente que me ha echado de menos. Después de la comida, nos dirigimos a la cocina, y yo comienzo a preparar café.

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora