25. Costilla fracturada

367 23 0
                                        

—Porque era tarde, no quería despertarte.

—Debes hacerlo, estás a mi cargo. Esto no hubiera pasado. Yo habría ido a recogerte y ahora estaríamos durmiendo tranquilamente. Pero no, ahora tienes una costilla rota. —Me levanto de su lado y empiezo a caminar por la habitación tocando mi pelo desesperadamente.

Agarro mi móvil y hago una llamada después de asegurarme de que está de servicio.

—Gabriela, ¿todo bien?

—No, Kayden, han atacado a Aida. Robo con violencia.

—¿¡Arma blanca!? —Pregunta preocupado. Mi corazón se acelera por lo que podría haber pasado y miro a Aida negando con la cabeza.

—No, le han dado una paliza.

—Vale, ¿puedes pasármela?

—Estás en manos libres.

—De acuerdo, Aida, ¿recuerdas la calle en la que te han atacado?

—Sí, es la Calle Laurel, a la altura del número 23.

—De acuerdo. —Se escucha de fondo cómo va apuntando la información. —Y dime, ¿llevaban la cara tapada?

—No, pero llevaban gorras puestas. Menos el del coche, él si iba completamente descubierto.

—¿Iban en coche, Aida? ¿Podrías decirme algo del coche? —Kayden iba apuntando con paciencia.

—Sí, era un Seat Ibiza de color negro. Tenia cinco puertas y el retrovisor del copiloto estaba roto... 4458GHK o puede que sea 4458OHK, no lo ví bien.

—Lo has hecho genial Aida, con la matrícula va a ser mucho más fácil. Una última pregunta para tí... ¿recuerdas si había algún semáforo cerca? ¿alguna tienda que pudiese tener cámaras?

—Eso sí que no sabría decirte...

—No pasa nada, los encontraremos seguro. Ahora... —Kayden cambia su voz animada a una mucho más sombría. —¿Oficial o extraoficial?

—Extraoficial, Kayden, llama a Bell. —Digo enfadada.

—De acuerdo. —Cuelgo el teléfono y me siento junto a Aida resoplando. Su mirada intensa quiere preguntarme por la última parte de la conversación.

—Gabriela...

—Nada de lo que debas preocuparte, cielo. —¿Acabo de llamarla cielo? ¿En qué estaba pensando? Aida parece no querer hacer hincapié para no asustarme, en cambio, su amplia sonrisa la delata.

—Por cierto. —Me mira seria con una ceja levantada. —¿Qué hacías despierta? —Intenta no parecer irritada o algo así.

—¿Algún motivo especial para preguntarme? —No me gusta la desconfianza de la pregunta.

—Tú sabrás.

—Estaba leyendo, Aida. —Mi tono de voz es serio, seco, dejando en claro que no me gusta el rumbo que lleva la conversación.

El médico irrumpe en la habitación para hablar conmigo. —Tiene una fractura en una de las costillas y hematomas en la zona de la cara y costillas. —Me entrega unos papeles que explican los cuidados que debe tomar y las pomadas y pastillas antiinflamatorias que debo comprar.

Nos ponemos de pie con precaución y, con mi ayuda, Aida se pone de pie, apoyándose en mí mientras caminamos hacia la salida del hospital.

Una vez fuera, la ayudo a entrar en el coche con cuidado, asegurándome de que esté cómoda antes de arrancar. Durante el trayecto de regreso a casa, el silencio reina en el coche. Respeto su espacio y su privacidad, dejándola procesar lo que ha sucedido.

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora