Los siguientes dos días transcurren con una sensación de calma y bienestar. El dolor de Aida ha ido disminuyendo, y es un alivio saber que está recuperándose correctamente. Ya no necesita tomar los analgésicos con la misma frecuencia, lo que es un indicio positivo de que su cuerpo está sanando.
Sin embargo, también noto que Aida empieza a sentirse más agobiada por los exámenes finales. Su expresión se torna más seria y concentrada, y puedo ver cómo dedica muchas horas al estudio por la noche por culpa de la academia. La veo repasar sus apuntes, hacer ejercicios y trabajar en proyectos, todo con un aire de determinación.
—¿Quieres que dejemos la cita hasta que acabes tus exámenes? —Estamos a miércoles, veintinueve de abril, su evaluación acaba el miércoles que viene. Pero niega con la cabeza algo frustrada. —Aidi, sólo es una semana... te estás agobiando con la academia y no es bueno.
—Ya lo sé, pero quería salir contigo. —Suspira tirándose encima del escritorio.
—El miércoles que viene salimos, te lo prometo, y así celebramos que has acabado el curso. Ahora sal al salón, que has venido del instituto y te has metido aquí directamente sin comer nada.
—Es que llevo todo bien, pero me está costando meterme toda la historia y además no termino de perfeccionar sintaxis.
—¿Tienes examen mañana?
—No.
—¿Y el viernes?
—Tampoco, ¿por?
—Te quedas estudiando conmigo por las mañanas. Mañana llamo al colegio. No. —Saboteo su intención de interrumpirme. —No es pregunta, es orden. No me hagas esconderte la silla. —No puede aguantar la risa y rompe a reir, sujetándose la costilla por el esfuerzo.
—No me hagas reír así...
—Perdóname, me lo has dejado a huevo. En fin, que yo te ayudo a estudiar por las mañanas y así no pierdes el tiempo por la noche. Te he dicho mil veces que si no duermes tus horas es contraproducente.
—¿Y tu trabajo?
—Son personas autosuficientes. Por cierto, ¿no pensarás saltarte la cita con la psicóloga?
—No, la verdad es que me viene bien hablar con ella. —Me sonríe de medio lado mientras avanza hasta la mesa dónde espera su plato.
Los siguientes dos días se convierten en un torbellino de actividad. Me sumerjo de lleno en ayudar a Aida a prepararse para sus exámenes, asegurándome de que comprenda a fondo la sintaxis y los conceptos clave. Pasamos horas juntas revisando apuntes, haciendo ejercicios y discutiendo temas complicados. Aida muestra una gran dedicación y compromiso, y es evidente que está dispuesta a dar lo mejor de sí misma para obtener buenos resultados.
Durante nuestras sesiones de estudio, también encuentro maneras creativas de hacer que la historia de España se vuelva más accesible y memorable para ella. Introduzco palabras clave que desencadenan anécdotas y detalles históricos, haciendo que la información cobre vida de una manera más interesante. A medida que avanzamos, Aida se muestra cada vez más involucrada, haciendo preguntas y conectando conceptos.
El jueves por la tarde, Aida se prepara para ir a la academia sin muchas ganas. Está agotada mental y físicamente porque aunque no emplea el tiempo para estudiar, los nervios no dejan que descanse adecuadamente.
El viernes por la tarde, tiene la cita en casa con la psicóloga. Me aseguro de que todo esté en orden para su sesión y la dejo en privacidad para que pueda hablar libremente.
El fin de semana se presenta tranquilo y solitario para mí, ya que Aida está sumergida en su estudio. La casa parece más silenciosa sin su presencia, pero entiendo que necesita concentrarse y repasar todo lo que ha aprendido. Aprovecho estos días para adelantar trabajo, hacer algunas tareas pendientes y relajarme un poco.
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Quererte en silencio
RomanceGabriela, una exitosa empresaria de espíritu independiente y dedicada por completo a su carrera, se ve enfrentada a un inesperado giro en su vida cuando su hermano mayor le pide un favor inmenso. Ante una urgencia, Gabri debe hacerse cargo de su hij...
