14. Psicoanálisis

402 27 0
                                        

—Aida... —Al escuchar su nombre retira la mano que sujeta el papel y se pone a jugar con él entre sus dedos. Su labio es mordido lentamente, nerviosa. —Perdona por traerte a estas cosas. Sinceramente, debería haberte dejado en casa.

—¿Por qué dices eso?

—Intuyo que no es tu mejor plan para un domingo.

—Prefiero ver contigo alguna peli, tapadas y con palomitas. Pero está bien esto también, te conozco en todos los ámbitos y estoy contigo. —Justo después de soltar lo último, empieza a cambiar de color como un camaleón.

—Te prometo que el próximo fin de semana vamos dónde tú quieras.

—¿Esto es otro vale? Te vas a llenar de deudas.

—Son deudas que voy a disfrutar pagando. —Sonrío de medio lado y salgo del baño para dirigirme de nuevo hacia la mesa. Unos minutos después Aida vuelve también.

Decido tomar la iniciativa y, con suavidad, poso mi mano sobre su muslo, imitando su acción anterior.

Al principio, Aida parece sorprendida pero no muestra resistencia. Sin embargo, con el paso del tiempo, noto que se tensa ligeramente bajo mi contacto. Observo su reacción y me doy cuenta de que algo la incomoda.

Preocupada, decido cambiar mi enfoque y comienzo a acariciar suavemente la zona en un intento de calmarla. En lugar de lograr el efecto deseado, parece inquietarla aún más.

Me acerco despacio hacia ella, para que no se asuste de lo que voy a hacer y ponerla en sobreaviso. Toda la atención de la mesa cae sobre nosotras cuando acerco mis labios a la oreja de aida. Al notar mi respiración tan cerca noto que, bajo la palma de mi mano, su piel se eriza de inmediato.

—¿Va todo bien?

Su contestación es un acelerado movimiento de cabeza confirmando que todo va bien. Además de unas palmaditas en la mano que reposa sobre su muslo. La quito de inmediato para evitar incomodarla más aunque me arde la palma añorando su contacto.

Cuando devuelvo la vista a la mesa, todos los comensales están en absoluto silencio intercalando miradas entre Aida y yo, como si estuviesen viendo la mejor novela de sus vidas. Una sensación incómoda se apodera de mí, y siento la necesidad de establecer límites y proteger mi espacio personal.

En respuesta a esas miradas persistentes, mi expresión facial se vuelve fría y autoritaria. Con determinación en mis ojos, dirijo mi mirada directamente hacia aquellos que me observan, enviándoles un mensaje claro de que deseo que aparten la vista.

Mi gesto no es agresivo, pero es firme y seguro. Busco establecer un límite y hacerles entender que su mirada no es bienvenida ni apropiada en ese momento. Aquellos que estaban observándome se sienten incómodos y desvían rápidamente la mirada, comprendiendo el mensaje implícito.

Al volver mi mirada hacia Aida, noto la expresión de confusión en su rostro. Puedo percibir que se siente sorprendida por la forma en que puedo mirar a los demás con una actitud autoritaria, sin mostrar arrepentimiento ni titubeos.

Y esta es la razón por la que, el tiempo que queda de cena, se me hace interminable. Aida parece no querer mirarme ni interactuar conmigo, sólo está perdida en sus pensamientos. Continúa así todo el camino hasta casa, pero yo no aguanto más.

—¿Quieres hablar de lo que te lleva rondando un rato?

—Me sorprende lo fría que puedes llegar a ser en ocasiones. Has intimidado a todo el mundo.

—¿Te incluyes?

—No. Pero puedo decir que no me gustaría volver a sentir el frío de tus ojos en mí.

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora