30. Enamorada de ti

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—Espera, ¿qué? De todas las personas que hay, ¿te has tenido que fijar en ella?

—No ha sido aposta, Iván, yo no sabía que esto iba a pasar. Es menor, ¿sabes? Yo no sé qué hacer. Lo estoy pasando mal. —Escucho que respira hondo a través del teléfono.

—Nunca pensé que serías capaz de sentar cabeza. ¿Hace cuánto que no mojas?

—¡Iván! —Escucho su risita. Echaba de menos hablar con él.

—Perdón. Supongo que nuestros padres tienen razón, ¿no crees? No eliges de quien te enamoras. —Noto que su voz se entrecorta con cierta tristeza. —Sigue a tu corazón, hermanita, sólo te enamoras una vez en la vida.

—No digas eso, ahora es pronto, pero eso no significa que no puedas encontrar a alguien en un futuro.

—Ya... —Su voz es un hilo, sé que está aguantándose las ganas de llorar.

—Gracias por apoyarme.

—Somos hermanos, ¿no? Eso hacemos. Te quiero, enana.

—Sí... yo también.

Corto la conversación para volver con los demás. Un rato después, me despido de ellos con algo de prisa, sin querer llegar tarde de nuevo.

Farid se empeña en acompañarme a buscar a Aida a la academia, alegando que quiere conocer a la persona que me tiene loca. Aunque al principio me resisto un poco, finalmente acepto su compañía.

Mientras llegamos a la academia, puedo sentir cómo todas las miradas se posan en nosotros. El convoy de coches y la presencia de Farid son ciertamente llamativos y no pasan desapercibidos. Sin embargo, decido concentrarme en mi objetivo principal: encontrar a Aida.

Una vez estacionamos el coche, caminamos juntos hacia la entrada de la academia. Puedo sentir que mi nerviosismo se intensifica un poco ante la idea de presentar a Aida a Farid. Aunque confío en que se llevarán bien, no puedo evitar sentir cierta presión en este encuentro.

Finalmente, llegamos al lugar donde los estudiantes están saliendo de las clases. Mi mirada busca a Aida entre la multitud, y no pasa mucho tiempo antes de que la vea. Vuelve a estar con ese grupo. Están mirándonos al ver que Farid, sus guardaespaldas y yo nos acercamos.

—¿Ese cochazo es tuyo? —Uno de los amigos de Aida se dirige a él.

—Que va, que va. Ese coche es una de las tantas preciosidades que tiene esta mujer.

—¿Preciosidades? ¿En plural? —Todos se quedan asombrados alternando la vista entre Farid, Aida y yo.

—Tú debes de ser Aida. —Farid ignora a los demás y se dirige a la chica de ojos miel. Toma su mano y la besa. —Soy Farid, conocí a tu tía en su viaje a Emiratos Árabes. —Yo, por mi parte, no me pasa desapercibido el sobrenombre, pero prefiero no intervenir en la conversación.

—¿Y-y qué haces aquí? —Pregunta con sorpresa.

—Quería conocerte. Gabriela habla mucho de su sobrina favorita.

—Pensé que vendría Bastiaan. —Me mira buscando una respuesta de mi parte pero sólo encojo los hombros y me dirijo al coche sin decir nada. Escucho cómo Aida se despide apresuradamente de sus amigos y vienen detrás.
Cuándo llegamos al coche, los seguratas tienen que rodearlo por la cantidad de adolescentes haciendo fotos.

—Gabriela, yo me voy ya. Tengo asuntos que atender. Me ha encantado pasar el día contigo. —Me da un abrazo y se despide de Aida verbalmente para no atosigar su espacio personal de nuevo.

—Si necesitas algo, llámame.

Farid desaparece de nuestra vida subiendo a uno de los muchos coches negros que se marchan rápidamente dejando mi coche solo y rodeado de adolescentes.

Quererte en silencio Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora