La atmósfera en la habitación se volvió aún más intensa cuando Emma, aún vestida como el protagonista de Doctor Who, se arrodilló y comenzó a acariciarme suavemente. Un escalofrío recorrió mi espalda, y mis ojos se encontraron con los suyos, llenos de deseo y morbo.
—He estado practicando —susurró Emma con voz seductora mientras sus manos seguían acariciando mi piel—
Me estremecí ante sus caricias y la miré con confusión.
—No entiendo...
Emma sonrió con malicia y dijo:
—He estado viendo muchos videos...
Mi curiosidad se agudizó.
—¿De qué tipo?
Ella guiñó un ojo y su sonrisa se hizo más traviesa.
—Videos de grandes maestras que dan lecciones orales.
Mis mejillas se encendieron ante sus palabras atrevidas. La tensión sexual en la habitación estaba alcanzando su punto máximo, y era evidente que Emma sabía cómo mantenerme intrigado y emocionado.
—¿Listo para jugar?—susurró Emma, su voz suave y provocadora—
Asentí con una sonrisa traviesa, sabiendo que esta noche sería un juego de pasión y deseo.
—Una pena que no puedas verme como colegiala o marinera al estilo Sailor Moon —dijo Emma con una sonrisa traviesa mientras se dirigía hacia su ropero—
—El azar puede influir en muchas cosas —respondí, dejándome llevar por su encanto—
—¡Estoy completamente de acuerdo! —Emma exclamó con entusiasmo—
—Pero dudo que tengas un uniforme como el de Serena —insinué, disfrutando de su maliciosa ironía—
—¡Oh, sí lo tengo! —Emma insistió, sus ojos verdes brillando con complicidad—
Emma comenzó a describir su atuendo en detalle, manteniendo su tono juguetón y malicioso a lo largo de la conversación.
—Mira esto, ¿qué opinas de una microfalda de 10 centímetros? —preguntó mientras sostenía la prenda cerca de su cintura—
—Definitivamente, es una microfalda que puede hacer que cualquier hombre pierda la cabeza —respondí, incapaz de resistir la tentación—
Emma continuó exhibiendo sus encantos mientras sacaba un top push up que prometía realzar aún más su sensualidad. Con una risa traviesa, continuó:
—Y, por supuesto, no podríamos olvidar los accesorios. Calcetas hasta los muslos con encaje y este lazo rojo, ¡listo para atar en mi cuello! —mencionó, jugueteando con el lazo de manera provocativa—
Sus manos exploraron una selección de pulseras y un collar con una estrella brillante que añadía un toque coqueto al conjunto. Cada palabra y gesto de Emma aumentaba mi deseo, y me dejaba llevar por su magnetismo.
— Debería ponermelo —dijo Emma con audacia— Aunque no sé si te lo merezcas.
Rogué por dentro que lo hiciera, que se colocara ese outfit que me volvía loco y despertaba mis fantasías más salvajes. Emma sonrió con malicia, y se acercó a mí mientras dejaba caer una a una, toda su ropa.
— Esto debe ser mutuo—dijo— Amo los masajes—añadió— Ponte a prueva a tí mismo, y si me haces el mejor masaje del mundo, o al menos uno que valga la pena, prometo ser la chica más dulce del mundo. Y claro, ponerme ese outfit tan cachas que te gusta tanto.
La promesa de Emma colgaba en el aire, creando una tensión electrificante en la habitación. Sabía que tenía que darle el masaje de su vida si quería ganar el premio que ella ofrecía. Emma se recostó en la cama, y no pude más que quedarme anonadado ante la maravilla de su cuerpo. Su trasero era una invitación y su espalda, quizá un poco ancha pero sin dudas hermosa, era como un lienzo en blanco para mis perversiones.
Con manos temblorosas pero decididas, comencé a acariciar su piel con movimientos suaves y precisos. Emma dejó escapar un suspiro de satisfacción mientras mis dedos exploraban cada rincón tenso de su cuerpo.
—Así está mucho mejor, cariño —murmuró Emma, su voz ronca de placer—
Mis manos continuaron su viaje hacia sus hombros, sus brazos, y luego descendieron lentamente hacia su cintura y sus caderas. Emma se relajó bajo mis caricias expertas, suspirando y gimiendo suavemente de vez en cuando.
—Eres realmente bueno en esto —elogió Emma, sus ojos verdes fijos en los míos con una mezcla de deseo y diversión—
A medida que el masaje continuaba, la tensión sexual en la habitación aumentaba. Emma parecía disfrutar cada vez más de mis caricias, y yo me sentía cada vez más decidido a ganar el premio que ella tenía reservado para mí.
—¿Y bien, cariño? ¿Qué te gustaría que haga por ti cuando termine este maravilloso masaje? —preguntó Emma con un guiño malicioso—
Mi mente estaba llena de pensamientos oscuros y atrevidos, pero me sentía inseguro de expresarlos en voz alta.
—Mi mente es demasiado sucia para ti —confesé, sintiendo un rubor subir a mis mejillas mientras seguía masajeando sus caderas—
Emma soltó una risa juguetona y me miró fijamente.
—Nada me sorprende, cariño. Soy aún más sucia de lo que puedes imaginar —afirmó con una mirada traviesa—
Entonces, Emma mencionó un encuentro pasado que había quedado en mi memoria.
—¿Acaso no recuerdas que cuando nos conocimos, me dejaste la boca llena de tu leche? —dijo con malicia, recordándome un momento íntimo compartido—
Mi sonrojo fue inmediato, pero no pude evitar sonreír mientras continuaba masajeando su cuerpo. Emma también sonrió, consciente de que había despertado un deseo intenso en mí.
—Creo que sé lo que quieres, cariño —dijo, susurrando—
Respondí con una sonrisa juguetona, pero no quería darlo por sentado.
—Quizás sí, quizás no —respondí, manteniendo el juego de incertidumbre—
Emma, sin temor alguno, dio un paso más allá.
—Cómeme el culo, cariño, es todo para ti. —dijo sin más—
Emma empinó su trasero, una invitación tentadora que no pude resistir. Mis ojos se posaron en ese hermoso paisaje ante mí, y el deseo me inundó por completo. Sin más preámbulos, me lancé hacia esas nalgas, cubriéndolas con besos y lametazos. Emma gimió con placer, y sus estremecimientos recorrieron su cuerpo mientras yo continuaba explorando cada centímetro de su piel con devoción. Ella gemía y expresaba su placer sin inhibiciones.
—Me encanta —susurró Emma con voz ronca, disfrutando de mis caricias.
Mis mordiscos suaves en su piel provocaron pequeños gemidos y escalofríos en su espalda. Emma respondió empinando aún más su trasero, invitándome a continuar.
No dejé de dar masajes en sus caderas mientras exploraba su culo con devoción. La pasión ardía entre nosotros, y mi lengua no dejaba de buscar nuevas formas de darle placer.
Finalmente, me aventuré aún más, metiendo mi lengua en su ano. Emma soltó un suspiro de sorpresa y placer.
—Nunca me lo habían hecho así —confesó con una sonrisa traviesa en su rostro—
—No pienso parar, cariño —le respondí con determinación, sintiendo cómo se derretía bajo mis caricias.
Emma se estremeció y se sintió más flexible, extasiada por las sensaciones que le proporcionaba. Pero, como siempre, su juguetona personalidad salió a relucir.
—Ve despacio, vaquero —me dijo, entre gemidos—. No hay prisa.
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La vecina
Genç Kurgu- Soy tu vecina-me dijo-Te vi hoy cuando sacaste la basura. - ¡Oh no! Qué vergüenza... yo, no estaba en mis cabales. - Ni yo-dijo-Salí anoche, y bueno... al despertar no me di cuenta. Pero cuando salí, sólo traía puesta mi camisa corta que uso para...
