44. El precio de saber

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Desperté antes que él.

La luz gris del amanecer apenas se filtraba por las cortinas, dibujando sombras suaves sobre el cuerpo de Nick. Dormía boca arriba, una mano extendida hacia mí, como si incluso en sueños necesitara asegurarse de que seguía allí. Me quedé observándolo unos segundos de más, memorizando cada detalle: la calma en su rostro, la vulnerabilidad expuesta sin defensas.

Ese era el problema.

Cuando alguien ama así, sin reservas, se convierte en un punto débil.

Me deslicé fuera de la cama con cuidado, cubriéndome con una bata. El frío del piso me devolvió a la realidad. Fui directo al estudio y abrí la laptop, el corazón latiendo con fuerza anticipatoria.

El archivo seguía allí.

Lo abrí.

Había más de lo que esperaba. Conversaciones privadas, capturas de pantalla, pagos encubiertos, ubicaciones. Todo ordenado con una prolijidad quirúrgica. Esa persona —quienquiera que fuera— no solo observaba. Vigilaba. Desde hacía tiempo.

Un nuevo mensaje apareció en la esquina de la pantalla.

Ahora entendés por qué no podemos equivocarnos.

Mis dedos dudaron sobre el teclado.

¿Por qué ayudarme? —escribí finalmente.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Porque ellos también me rompieron algo que no volvió a crecer.

Cerré los ojos un instante. No necesitaba más explicación. El dolor tiene muchos nombres, pero siempre deja la misma cicatriz.

Antes de que pudiera responder, otro mensaje.

Pero hay un precio.

Mi mandíbula se tensó.

¿Cuál?

La pausa fue deliberada. Casi cruel.

Confianza. Y decisiones que no se pueden deshacer.

Sentí un nudo en el estómago. Miré nuevamente el pasillo, la puerta entreabierta del dormitorio. Nick seguía dormido. Inocente de todo esto. De mí.

Todavía estás a tiempo de cerrar esto y fingir que no viste nada —escribió—. Si seguís, no vas a poder protegerlos a todos.

Tragué saliva.

Yo no fingía. Nunca lo había hecho.

Decime qué necesitás —respondí.

El cursor parpadeó. Luego, una dirección. Un nombre. Una fecha.

Esta vez no era digital.

Era físico.

Cerré la laptop con manos firmes, aunque por dentro todo temblaba. Volví a la habitación. Nick se movió al sentir mi presencia y abrió los ojos apenas.

—¿Todo bien? —murmuró, aún medio dormido.

Me acosté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro. Su brazo me rodeó automáticamente.

—Sí —dije—. Solo... pensé demasiado.

Sonrió con suavidad y besó mi cabello.

—Conmigo podés descansar.

Ojalá fuera cierto.

Mientras su respiración volvía a hacerse profunda, yo miré el techo, contando segundos, imaginando escenarios, repasando riesgos. Sabía que el próximo paso me acercaría peligrosamente a quienes cazaban desde las sombras.

Pero también sabía algo más.

Si quería justicia, tendría que pagarla con algo que todavía no sabía si estaba dispuesta a perder.

Y el tiempo para decidir se estaba acabando.

La vecinaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora