28. Un feroz vistazo al pasado (parte 1)

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La sala estaba envuelta en un silencio incómodo, solo interrumpido por el sonido ocasional del encendedor de Emma y el suave murmullo de su respiración entrecortada por el humo. Yo permanecía de pie frente a ella, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sintiendo el peso de las palabras que quería decirle. Sabía que este era un momento crucial, que lo que tenía que contarle cambiaría la manera en que ella me veía para siempre. Pero claro, no quería contar todo de golpe, había un montón de emociones golpeando mi pecho, sentía la boca seca y el corazón parecía haberse subido hasta mi garganta creando un nudo que me hacía difícil tragar aunque sea un poco de saliva. 

 — ¿Qué pasa ahora? —dijo ella— Vamos, no tengo todo el tiempo del mundo ¿Sabes? 

— Ya sé —le dije— Es difícil para mí empezar desde cero. 

 — ¿Difícil? —dijo Emma tras una cortina de humo que la hacía ver más hermosa que antes— Imagino que sí, pero hasta ahora no te ha parecido difícil mantener este secreto tantos años. Debería ser fácil para usted, señor, empezar a soltar las palabras. Dicen que cuando la verdad fluye no hay quién la detenga.

—Necesito algo de beber —dije, sintiendo la necesidad de refrescar mi garganta—. Si tú puedes fumar, yo puedo permitirme algo fresco.

Emma soltó una risita burlona y asintió con la cabeza, como dándome permiso para ir a buscar algo. Caminé hasta la heladera y tomé una botellita de cerveza "Corona", sintiendo la mirada de Emma clavada en mi espalda.

—¿Cerveza? —dijo ella, levantando una ceja con ironía al verme—. Pensé que eras más de vino o whisky, algo más sofisticado.

Ignoré su comentario y regresé al sofá, descorchando la botella con un ligero clic. Me senté frente a ella y tomé un largo trago antes de comenzar a narrar.

—Nadie dijo que podías sentarte. No rompas mis reglas, por favor —añadió Emma con firmeza mientras observaba cómo me acomodaba en el sofá.

—No puedo contar algo si no estoy cómodo —respondí, buscando su comprensión.

—No es mi culpa —dijo Emma, su tono era un tanto cortante—. Pero ahora debes seguir el juego que te planteo, o si no, puede que me arrepienta de la idea de escucharte.

Me puse de pie nuevamente, sintiendo una mezcla de frustración y resignación. Caminé hasta la sala de la cocina y me traje una silla, colocándola frente a ella antes de sentarme con un suspiro.

—Espero poder sentarme, ¿o eso no entra en tus reglas? —dije con sarcasmo, esperando al menos un gesto de compasión por parte de Emma.

Ella soltó una risa suave y dijo 

—Sí, no soy tan cruel. Al menos no tanto como para ocultar toda una vida a quien me ha visto desnuda más de una vez.

Tomé otro sorbo de la cerveza, sintiendo el líquido frío calmar mis nervios mientras Emma se levantaba para servirse una cerveza para ella.

—Bueno, ya, empieza —dijo Emma con impaciencia, indicándome que era hora de comenzar mi relato.

—Es una historia que está llena de heridas y de momentos dolorosos —le dije a Emma, tratando de prepararla para lo que vendría a continuación.

Emma, sin dejar de lado sus comentarios irónicos, respondió 

—Ah, es de "esas historias". Me hubieras dicho y traía pañuelos para llorar.

—Por favor, escucha. Todo será revelado —le rogué, esperando que comprendiera la importancia de lo que estaba a punto de compartir.

Emma asintió con solemnidad y dijo: 

—Bien, prometo no decir nada venenoso en lo que me cuentas tu historia, querido Oliver Twist. Vamos, empieza ya.

La vecinaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora