La luz dentro de la habitación era suave, cálida... una extensión del aroma intenso de la cena que aún flotaba en el aire: trufa, vino, chocolate, y algo más profundo que no se podía nombrar sin respirar más de la cuenta.
Luke se acercó con paso lento, seguro de sí mismo, con esa mirada que siempre supo cómo provocar una respuesta visceral en mí. Sus dedos apenas rozaron mi cuello al acomodarme entre las sábanas, una caricia con la precisión de un ladrón de sentidos.
—Emma —susurró—, no tenés que resistirte.
Mi respiración se volvió más lenta, consciente. Cada palabra suya era como seda rozando la piel, como una promesa que podía arder en cualquier instante.
—Sabés cómo hablar —respondí, con la voz baja—. Muy bien.
Entre nosotros se tejía un juego de miradas y silencios. La habitación, la luz, la música tenue... todo parecía cómplice. Él se inclinó y, con cuchara delicada, me ofreció un pequeño bocadito de lo último que quedaba del postre. El dulce se deshizo en mi boca, haciendo que mis sentidos se estiraran como un elástico.
—Tranquila —dijo Luke, voz profunda—. Nada malo va a pasar.
Pero mis piernas, apenas cubiertas por la sábana, se tensaron por razones que iban más allá de su cercanía. Hubo un momento en el que mis propias fantasías parecieron respirar más fuerte que mi miedo. Me sentí atractiva, poderosa... y, sin embargo, con la guardia apenas contenida.
Justo cuando su sombra se inclinó sobre mí, una corriente de memoria me recorrió entera: Nick.
Su sonrisa confiada, su voz suave, su mano cálida ahora mismo en alguna otra parte de la casa.
Y mi corazón, latiendo por él.
Fue todo lo que necesité.
Con un movimiento fluido, rápido y preciso, mis dedos alcanzaron lo que estaba escondido bajo la sábana: el arma pegada a mi piel. No con miedo... sino con determinación.
Luke no se había dado cuenta de que yo llevaba esa as bajo la manga.
—No —dije con firmeza, voz clara—. No vas a decidir por mí.
Y en un gesto que dejó helada la habitación, me incorporé un poco, sosteniendo el arma con control absoluto. La tela negra del vestido se deslizó silenciosamente, dejando ver que mi cuerpo no era una amenaza, era una fortaleza.
Luke alzó las manos, sorprendido.
—Emma... —comenzó, pero esta vez no con seducción, sino con algo más parecido a respeto... y temor.
No dije palabra. Antes de que él comprendiera mis intenciones, tomé unas cuerdas que estaban cuidadosamente dobladas en una esquina —cuerdas que yo misma había preparado sin que él lo supiera— y, con una técnica firme y exacta, lo inmovilicé entre las sábanas, atando sus manos sobre su cabeza.
Luke no se resistió. Mis movimientos eran precisos, calculados, soberanos.
Una vez tuvo las manos seguras, sin daño, solo firmeza, me incliné y susurré:
—Escuchame bien —mi voz era calma, poderosa—. Yo soy de Nick, y sólo de Nick. Ningún hombre que no sea él va a tocarme. Entendido.
Luke tragó saliva, consciente de que el juego había cambiado, y que yo no pedía permiso: yo dictaba las reglas.
—Dem... dime lo que sabes —dije, dejando el arma a un costado y cruzándome de piernas con la quietud de una reina en su trono—.
Hubo un silencio prolongado. Luego habló, con voz más baja, más seria:
—La información que tenés... es sólo la punta del iceberg.
Hay nombres, transacciones, lugares...
Puedo darte más.
—Entonces hablá —contesté, elegante y firme—. Y no intentes seducirme otra vez. Ya no funciona.
Luke exhaló, resignado y sincero.
—Hay una red más profunda de lo que pensás —comenzó a decir—. Personas con roles de poder. Y ellos no usan teléfonos comunes ni redes sociales convencionales...
Mientras él hablaba, yo lo miraba con intensidad: piel perfumada por el vino y la noche, vestido oscuro que antes había sido símbolo de tentación... ahora transformado en la armadura de una mujer que recuperó el control.
Era mi turno.
Mi cuerpo no era una víctima. Era un arma.
Mi mente, una fortaleza.
Y nadie —ningún hombre— decidiría por mí.
Excepto mi dulce Nick y su tronco delicioso.
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La vecina
Teen Fiction- Soy tu vecina-me dijo-Te vi hoy cuando sacaste la basura. - ¡Oh no! Qué vergüenza... yo, no estaba en mis cabales. - Ni yo-dijo-Salí anoche, y bueno... al despertar no me di cuenta. Pero cuando salí, sólo traía puesta mi camisa corta que uso para...
