27. Problemas en el Paraíso

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El silencio entre nosotros se volvió denso mientras caminábamos de regreso al departamento. Intenté romper la tensión.

—Emma, ¿estás bien? —pregunté con voz suave, pero ella no respondió, manteniendo la mirada fija en el suelo.—Lo estoy, Evan. No te preocupes por mí —murmuró, con un dejo de tristeza en su tono.

El dolor latente se hacía palpable, y aunque deseaba consolarla, temía que cualquier gesto fuera malinterpretado. Decidí guardar silencio y seguir a su lado, respetando su espacio.

Al llegar al departamento, Emma hizo un esfuerzo por cambiar el ambiente sombrío.

—¿Qué te parece si cenamos algo juntos? —propuso con una sonrisa forzada en los labios.

—Me parece bien —respondí, esperando que la comida pudiera aliviar la tensión que había entre nosotros.

Durante la cena, intenté entablar conversación, pero sus respuestas eran breves y evasivas.

—¿Te gusta la ensalada? —pregunté, tratando de romper el hielo.—Está bien —respondió Emma con indiferencia, jugueteando con los cubiertos.

Después de la cena, Emma sugirió que me duchara mientras ella "preparaba algo genial" para nosotros.

—De acuerdo, me tomaré una ducha rápida —acepté, agradecido por la oportunidad de despejar mi mente.

Mientras me duchaba, me invadieron pensamientos oscuros sobre lo ocurrido en el parque. ¿Qué había llevado a Jack a aparecer de repente en nuestras vidas? ¿Y por qué había desenterrado el pasado de esa manera tan cruel?

Cuando salí de la ducha, esperando encontrar a Emma lista para disfrutar de su sorpresa, me encontré con una escena que me dejó sin aliento.

—¿Emma? ¿Qué estás haciendo con mi celular? —pregunté, alarmado por verla revisando cada mensaje, cada llamada.

—Nada, Evan. Solo estaba... curioseando un poco —respondió, evitando mi mirada.

Mi corazón se hundió en mi pecho mientras la observaba, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar mi confusión y mi dolor. Intentando mantener mi mirada en ella, le dije:

—¿Qué esperas encontrar? —pregunté con voz entrecortada, luchando contra la tormenta de emociones que me invadía.

Emma suspiró, su mirada se perdió en el vacío antes de responder.

—No lo sé, dímelo tú. Al parecer no me lo has dicho todo —sus palabras resonaron en la habitación, cargadas de decepción y desconfianza.

Mordí mis labios antes de decir nada. Sintiendo la bronca burbujeando dentro de mí, pero no contra ella, sino contra mí mismo.

—Vamos, dámelo —le dije, tratando de contener la frustración que amenazaba con desbordarme.

Emma se negó, su rostro reflejaba una mezcla de dolor y determinación.

—No, hasta que me digas quién o qué era Jack para ti. ¿Qué fue toda esa escena? ¿Por qué no me dijiste nada antes? —exigió, su voz temblaba ligeramente.

Frustrado, caminé de un lado a otro, buscando respuestas que parecían esquivarme.

—Vamos, necesito que me respondas. Necesito que hables conmigo. ¿Por qué no lo haces? Hice miles de cosas locas por ti y ahora no me das ni siquiera una respuesta —dijo Emma, con la voz cargada de dolor.

Me detuve en seco, mirándola con los ojos enrojecidos y llenos de fatiga.

—No sé por dónde empezar —confesé, sintiendo el peso abrumador de mis propias mentiras y omisiones.

Emma me observó, su rostro marcado por el rastro de lágrimas derramadas. Con palabras firmes pero suaves, me instó a abrirme.

—Empieza por decir la verdad, empieza por el principio. Confía en mí —pidió, su voz resonando con una mezcla de súplica y determinación.

Emma estaba sentada en el sofá, con gesto serio. Sacó un paquete de cigarrillos de un cajoncito de la mesita y encendió uno. Sorprendido, no pude más que decir:

—¿Fumas? ¿Desde cuándo?

Emma me miró con cierto cinismo y exhaló una bocanada de humo.

—No sé. ¿Desde cuándo te acuestas con chicos? ¿O es un fetiche del pasado? Por favor, no me vengas con eso. Sí, fumo —respondió, con un deje de ironía en su tono—. Pero ese no es el punto.

—Lo sé —admití, sintiendo el peso de la conversación sobre mis hombros.

Cuando intenté acercarme para consolarla, Emma me detuvo con un gesto de la mano.

—No, por favor. Quédate donde estás. Para contarme lo que vas a contar, no es necesario que te acerques tanto —dijo con firmeza.

Aunque me sentí herido por su distancia, asentí comprensivamente.

—Está bien, lo entiendo —respondí, resignado—. Pero me voy a cansar de estar parado.

—No me interesa. Tendrás que aguantarlo. Yo lloré mucho en este rato, y ahora tendrás que pagar por eso —replicó Emma, con un dejo de amargura en su voz.

Asentí en silencio, preparándome para enfrentar las consecuencias de mis acciones.

—Bueno, empieza ya, no te tardes. Me gusta dormir temprano a veces —instó Emma, su mirada fija en mí, implacable.

Respiré profundamente, sabiendo que no había vuelta atrás. Era hora de abrir mi corazón y enfrentar las consecuencias, sin importar cuán dolorosas fueran.

La vecinaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora