45.El hombre que conocía mi pasado

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El café estaba casi vacío.

Elegí una mesa contra la ventana, de espaldas al reflejo del vidrio, como me habían enseñado. Dos salidas visibles. Ningún espejo innecesario. Pedí un espresso doble y dejé el teléfono boca abajo, aunque vibraba con una insistencia casi provocadora.

No tuve que esperar mucho.

Luke apareció como siempre lo hacía: sin anunciarse, como si el mundo se acomodara solo para dejarlo pasar. Traje oscuro, barba prolija, esa manera suya de mirar antes de sonreír, como si ya supiera algo que yo todavía no.

—Emma —dijo, sentándose frente a mí—. Sigues llegando puntual. Nada cambia del todo.

Lo miré sin responder. Había pasado demasiado tiempo... y, sin embargo, mi cuerpo lo reconoció antes que mi razón. El pulso se me alteró de una forma que detesté.

—Fuiste vos —dije al fin—. Los mensajes. El cifrado.

Luke ladeó la cabeza, satisfecho.

—Siempre fuiste brillante. Solo necesitabas una pista emocional.

Apoyó los antebrazos en la mesa. El recuerdo me golpeó sin permiso: su voz enseñándome a controlar la respiración, a no ceder el poder, a entender el deseo como un arma. Fue el primero que me enseñó que el cuerpo también podía ser territorio de espionaje. Que la intimidad podía usarse... o perderse.

—Tengo todo —continuó—. Nombres reales. Redes. Contactos. Los hombres que dañaron a Nick... y otros que todavía están cazando.

Mi mandíbula se tensó.

—Dámelo.

Sonrió despacio.

—No es gratis.

El silencio entre nosotros fue espeso. Afuera, alguien reía. El mundo seguía girando, indiferente.

—¿Cuánto? —pregunté.

Luke se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—Una noche.

Sentí el golpe en el pecho.

—Primero una cena. Después... mi casa en la playa. Sin mentiras. Sin máscaras. Como antes.

Mi mente gritó que me levantara. Que huyera. Pero entonces vi el rostro de Nick, su forma de dormirse abrazándome, su confianza absoluta. Pensé en todo lo que ya había perdido... y en lo que aún podía perder si no hacía nada.

—¿Y después? —pregunté—. ¿La información?

Luke asintió.

—Toda. Y desapareceré de nuevo.

Me quedé mirándolo un segundo más. Luego me levanté.

—Una noche —dije—. Y nada más.

Su sonrisa fue lenta, peligrosa.

—Nunca supiste mentirte bien.

Salí del café sin mirar atrás.

La tienda de vestidos estaba iluminada como un escenario. Pasé los dedos por telas que prometían dominio, curvas, control. Elegí uno negro, audaz sin ser obvio, diseñado para hacer pensar que quien lo llevaba sabía exactamente lo que provocaba.

Ese era el plan.

Yo llevaría el timón. Yo marcaría el ritmo.

Aunque, en el fondo, sabía la verdad.

Luke siempre había sido experto en hacerte creer que mandabas... justo antes de tomar el control.

Mientras salía con la bolsa en la mano, el teléfono vibró.

Un mensaje nuevo.

No llegues tarde.

La amenaza ya no era abstracta.

Respiraba cerca.

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