Capítulo 3.

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Las chicas se encontraban de retorno a la casa de la familia Evans, y ambas habían estado riendo, hablando y bromeando hasta llegar a casa.

—¡Llegamos! —entonaron las dos al mismo tiempo.

—Niñas ¿cómo les fué? —las recibió el Señor Evans plantándoles un beso cálido en la frente a cada una.

—Muy bien, Señor Evans —respondió Regina sonriendo.

—Me alegro por ustedes. Ahora, vayan a lavarse las manos y a cambiarse para comer —Añadió, mientras cerraba la puerta y se dirigía a la cocina.

—Vamos a lavarnos y cambiarnos rápido, tengo hambre —indicó Danaé mientras subía los escalones que llevaban al segundo piso donde se encontraba su habitación.

Regina la siguió y demoraron tanto, que la señora Evans tuvo que ir a buscarlas pero solo se detuvo en el comienzo de la escalera para decirles: «¡Chicas, bajen ya, la comida se les enfriará!»

«¡Ya bajamos mamá!» respondió Danaé desde el umbral de su habitación.

La señora Evans, al oír esto, con una sonrisa tranquila se retiró y dirigió a servir la comida.

Las chicas bajaron las escaleras corriendo y riendo dirigiéndose al comedor como dos niñas pequeñas.

—¡Ya estamos aquí Señora Evans! perdone la tardanza, fuí el motivo por el que ambas nos tardamos para bajar.— se excusó Regina.

—No te preocupes, cielo. Mejor, pasen a sentarse y coman. Aprovechen que aún está caliente. —respondió la señora Evans.

Regina insistió en ayudarla para que terminase de servir a tiempo.

Mientras servía el jugo observó un pequeño escenario de juego de padre e hija, el cuál la conmovió.

—¡Papá devuélveme eso! —gritaba su mejor amiga, molesta, mientras se paraba de puntillas para poder alcanzar la mano de su padre que sostenía una galleta de chocolate.

El padre, sonriendo, hizo como si estuviera pensando demasiado para luego responderle a su hija un: «no» y luego llevarse la galleta a la boca.

—¡Papá, esa galleta no era tuya!

Y el padre, al ver el enojo de su hija se acercó hacia ella y la cargó sin darle tiempo de escapar.

—¡BÁJAME! —gritaba su hija, riendo, mientras su padre daba vueltas.

—Te bajaré cuando lo vea prudente. —le respondió mientras se reía.

Al ver este escenario de juego entre padre e hija, no pudo evitar sentir envidia por un momento.

Pues, el padre de Regina, había dejado a su madre por otra mujer, y su madre tuvo que salir adelante a como diera lugar. Aunque estaba agradecida por los sacrificios que había hecho al cumplido el papel de ambos... no era lo mismo. Anhelaba poder compartir en familia, con una madre, y un padre, como su querida amiga.

Pero, aún así, era felíz por ver este tipo de escenarios en una familia tan unida.

—Ya terminamos, Gina. Vé a sentarte en tu sitio. —Le aseguró la señora Evans haciendo que Regina volviera a sí.

Asintió para luego sentarse en su sitio en la mesa.

—Hoy no te sientas allí. Hoy te sientas a mi lado —Indicó el señor Evans mientras se dirigía a la mesa acompañado por su hija.

—¿Perdón? —sonrió confundida.

—Siéntate a mi lado como la otra hija que eres para nosotros. —expresó el señor Evans mientras tomaba su sitio.

Regina dirigió su mirada con duda a Danaé.

—No me mires a mí, yo estoy tan sorprendida como tú. —admitió riendo mientras tomaba su lugar.

—Está bien Gina, eres una miembro más de esta familia; asi que no tienes por qué tener miedo o dudar sobre esto —Explicó la señora Evans desde su sitio.

Regina se sentó al lado izquierdo del señor Evans, mientras que Danaé estaba sentada al lado derecho; la señora Evans a su lado, y al lado de ella, su hijo mayor.

La familia de los Evans había adoptado a Regina de corazón.

Al vivir este escenario, se sintió conmovida y  las lágrimas de felicidad empezaron a recorrer su rostro.

—No llores mi niña... —se levantó la señora y se acercó a ella para darle un abrazo.

—Es que... —sorbió por la nariz—. Todo esto parece un sueño. Soy muy feliz.

—No llores, cariño. Se supone que debe ser un almuerzo feliz en familia—le indicó Danaé mientras se levantaba de su asiento y se acercaba también.

—Siempre has sido una de nosotros —expresó el señor Evans mientras sostenía un vaso con agua y tomaba del mismo.

Luego de haber bebido, colocó nuevamente el vaso en la mesa y procedió hacer una oración para empezar a comer.

Danaé y su madre volvieron a sus asientos para dar inicio al almuerzo.

—Bien, Regina, siéntete afortunada porque aquí tienes una segunda familia, un hogar —comentó el señor Evans mientras le tomaba la mano.

—Espero que les guste la comida, especialmente a nuestra hija adoptiva. —mencionó la señora.

—Honestamente me siento honrada de tener a una amiga como tú y bueno, bien sabido que siempre te he visto como una hermana.

Danaé agarró un vaso de jugo y lo levantó para hacer un brindis en honor a Regina.

—¡SALUD! —brindó la familia completa.

Al ver esto, se sintió tan, pero tan feliz, que por primera vez en la historia, su sueño se había hecho realidad y era algo que con el paso de los años jamás olvidaría.

Un Mundo Distinto.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora