Capítulo 31.

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Luego de terminar de comer, Danaé se levantó del sofá y se dirigió al fregadero para lavar su plato. Alonso no se movió de su sitio; simplemente cambió de canal porque su caricatura favorita ya había terminado.

Una vez limpio el plato, Danaé subió a su habitación para encerrarse un rato, al menos hasta que sus padres despertaran de la siesta.

Al tomar su celular, se quedó sin palabras al ver una notificación en la pantalla. El mensaje era de Anthony. Extrañada, abrió el chat y la pantalla le devolvió el historial de lo que alguna vez pareció una breve e idílica historia de amor.

«Concéntrate», se repitió a sí misma intentando enfriar sus emociones.

Anthony: Hola Dana, ¿cómo estás?

Danaé: Hola, Anthon. Estoy más o menos, ¿y tú?

Anthony: Yo muy bien, gracias.

Anthony: ¿Y cómo es eso de que estás más o menos? ¿Qué pasó? ¿Y por qué parecía que ibas a llorar cuando me viste?

Danaé contuvo el aliento. «Así que sí lo notó», pensó con amargura. Le molestaba la idea de que él asumiera que sus lágrimas se debían a su presencia; eso solo serviría para alimentarle el ego. Aunque, muy en el fondo, sabía que ver a Anthony había removido una parte de la herida que ya le sangraba por la traición de Diego.

Anthony: ¿Y bien? ¿Piensas dejarme en visto?

El mensaje la trajo de vuelta a la realidad.

Danaé: Me han pasado muchas cosas dolorosas, sí. Pero nada que no pueda afrontar.

Danaé: Hoy no me pasó nada grave. O bueno, algo así. Cosas que pasan, supongo.

Danaé: Y no, no iba a llorar por verte a ti. Era por... nada. Olvídalo.

Anthony: ¿Cosas dolorosas? ¿Qué te pasó? Si se puede saber, claro.

Anthony: ¿Segura que no era por verme? Porque parecía que se te revolvieron los recuerdos apenas me tuviste enfrente.

Por algún motivo, la relación que ahora llevaba con Anthony se había vuelto una especie de hostilidad silenciosa. Danaé había sufrido en secreto cuando Camille le contó que él estaba saliendo con Joanna, y la herida se profundizó cuando el propio Anthony se lo confirmó sin sutileza, pidiéndole consejos para conquistarla. Aquello le había roto el corazón: mientras ella se ahogaba en celos y tristeza por dentro, se obligaba a sonreír y aparentar indiferencia. Su orgullo le impedía admitir cuánto le dolía haber pasado de una complicidad profunda a un trato distante y mordaz.

Ahora, con la mente abrumada, sentía que se ahogaba. El dolor por el desapego de Anthony, la profunda puñalada de Diego al destruir años de amistad y la tensión acumulada en su hogar cayeron sobre ella al mismo tiempo.

Un peso opresivo se instaló en su pecho. Le costaba respirar: el aire no le llegaba a los pulmones y el cuerpo le empezó a temblar en el inicio de un ataque de ansiedad.

Danaé: Si me disculpas, Anthony, voy a llorar un rato mientras me doy un baño.

Apagó el teléfono, tomó una toalla y se encerró en el baño. Se quitó la ropa con manos temblorosas, entró en la ducha y abrió el grifo.

Dejó que la corriente de agua fría le recorriera el cuerpo, mezclándose con las lágrimas que finalmente brotaron sin control. Estaba agotada, herida y profundamente rota.

Pocas veces se habla del dolor devastador que provoca la pérdida de un mejor amigo: descubrir que quien creías incondicional se convierte de pronto en un desconocido que camina en dirección opuesta. Para Danaé, esa traición dolía más que cualquier desencanto amoroso.

Se dejó caer en una esquina del suelo de la ducha, abrazando sus rodillas mientras lloraba desconsoladamente. Había resistido con firmeza frente a los demás, tragándose el orgullo y la pena para no mostrarse vulnerable. Pero ya no le quedaban fuerzas.

Y la tormenta apenas estaba comenzando.

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