Capítulo 14.

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Mini maratón 2/2.


El clima no presagiaba nada bueno. Nada en absoluto.

Al llegar a la iglesia, el cielo comenzó a nublarse y a oscurecerse rápidamente. Por ello, varios miembros de la congregación prefirieron no asistir presintiendo la lluvia; y no se equivocaron. Ese domingo el ambiente en el templo se sentía apagado. Hacía un frío helado y pronto empezó a llover con fuerza.

Un día antes, Danaé y Anthony habían repasado la dirección para que él pudiera llegar sin perderse, pero de nada sirvió: de todos modos terminó dando un par de vueltas en el camino.

Daban las 10:00 a. m. y la lluvia no cesaba. Danaé continuaba sentada, esperando con ansias a que Anthony apareciera, aunque también se sentía incómoda por la atmósfera tan pesada del lugar. A su lado, Regina intentaba calmarla; no era ciega, también percibía la tensión del ambiente y el frío que calaba en los huesos.

Al ver que el torrencial aguacero parecía no dar tregua, a Dan la invadió una extraña sensación de calma: supuso que Anthony ya no iría. Sin embargo, ese alivio duró poco.

Momentos después, alguien se detuvo justo en el umbral de la entrada. Un chispazo intuitivo hizo que Danaé se girara para ver de quién se trataba. La tranquilidad se esfumó en un segundo al ver a Anthony parado en el pórtico, completamente empapado.

Los nervios la invadieron de golpe. ¿Sentía nervios? No podía creerlo. Por primera vez en su vida se ponía así al ver llegar a un chico... Y lo más curioso es que no era la primera vez que se veían.

Su primer impulso fue levantarse a recibirlo, pero mientras caminaba hacia él sintió el deseo de darle un abrazo; una idea de la que se arrepintió a medio camino al recordar lo alto que era. Desorientada, se desvió a mitad del pasillo y salió hacia un porche lateral.

Allí intentó contenerse. Estaba demasiado alterada e ilusionada, pero no quería demostrarlo. Respiró hondo, recuperó la serenidad, volvió a entrar y le hizo una leve seña con la cabeza para que la siguiera.

Anthony la miró fijamente un segundo y, entendiendo su gesto, caminó tras ella.

Danaé regresó a su lugar asumiendo que él buscaría dónde sentarse por su cuenta, pero no fue así: el chico se quedó de pie una fila más atrás. Una hermana que ocupaba esa misma banca lo saludó con un pequeño abrazo, aunque al instante se notó algo incómoda porque él venía mojadísimo y terminó humedeciéndole la ropa.

Transcurridos los cantos y las adoraciones, los pocos asistentes se acomodaron en sus asientos. Danaé tuvo que admitir que en verdad deseaba encontrarse con Anthony y conversar tranquilamente en un contexto menos tenso y frío.

Regina miró de reojo hacia atrás. Notó que el chico se veía incómodo sentado al lado de la simpática señora y que no dejaba de fijar la mirada en su amiga. Luego observó que a su izquierda la banca estaba vacía —solo estaban ellas dos—, por lo que había espacio de sobra para que se sentara a su lado.

—El chico de atrás... ¿es Anthony? —murmuró Gina.

—Sí, es él —respondió Dan manteniendo la vista fija al frente.

Regina volvió a mirar atrás y cruzó miradas con el recién llegado.

—¡Deberías decirle que se siente con nosotras! —le susurró.

—¿¡Qué!?

Dan desvió la mirada del frente y observó la cara de su mejor amiga, quien la contemplaba sonriente y serena.

—¿Y bien...? ¿Le vas a decir que venga o qué?

Danaé quedó perpleja. Parpadeó un par de veces tratando de asimilar la sugerencia de Gina. Tras reaccionar, se giró hacia atrás y le hizo una seña a Anthony indicándole la banca.

Él se levantó al instante. Regina se corrió un asiento a la izquierda, Danaé hizo lo mismo y el espacio libre fue ocupado por él.

Un rato después, mientras el predicador impartía la enseñanza, solicitó buscar algunos pasajes en la Biblia para leer en conjunto. Danaé continuaba nerviosa por tener a Anthony al lado; no era un desconocido, pero por alguna razón su presencia la alteraba. De tanto juguetear con las manos, notó que se le estaban poniendo frías y sudorosas.

Hizo un esfuerzo por dominar sus emociones. Cerró los ojos y respiró profundo tres veces. Al abrirlos, se sintió mejor, más equilibrada. Ya estaba bajo control. Intentó no enfocar toda su atención en él, recordando que la prioridad era atender a la palabra de Dios y que ya habría tiempo para compartir con su invitado.

Sin embargo, mientras escuchaba la prédica, no pudo evitar sentirse observada varias veces. Cuando al fin se giró para descubrir quién la miraba tanto, se encontró de frente con los ojos de Anthony, quien disimuló de inmediato volviendo la vista hacia el predicador.

Él también estaba nervioso. Aunque intentaba ser discreto, no podía evitar contemplar a Danaé de vez en cuando. Y en esas breves coincidencias en que sus miradas se cruzaban, ambos se observaban con una dulzura genuina e inocente.

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