Capítulo 50.

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Un domingo por la mañana como de costumbre, la señora Evans, Alonso y Danaé se están terminando de arreglar para ir a la iglesia.

A Danaé le tocaba llevar las adoraciones ese día.

Y... Aunque no se sintiera muy... ¿Limpia? Para estar en el altar, no quería montarse.

Era para Dios, sí. Pero no quería montar una farsa para él.

Estaba conciente que su relación con la iglesia y él, había sido por compromiso de cumplir, no porque realmente sintiera la necesidad de hacerlo o buscarlo.

Danaé estaba conciente que había llegado al punto de ser una Evangélica de título nada más y no de corazón realmente.

Porque es muy fácil llevar una biblia en la mano, sonreír a cualquiera y decir: ¡Dios te bendiga! cuando nisiquiera llevas la biblia o el amor de Dios en el corazón.

Solo es una costumbre que ya todos tienen por hecho.

No es real.

No era transparente.

Ella no quería ser eso.

No quería ser una creyente hipócrita.

Detestaba la hipocresía y ella misma estaría siendo hipócrita al montarse al altar y adorar como si nada.

—Dios... Me toca adorarte hoy, pero... Si no es tu voluntad, porfavor, no me hagas montarme allí— dice agarrando su biblia y sale de la habitación.

☆☆☆

Llegaron a la iglesia.

Llegaron a pié.

Si algo de la familia Evans era costumbre, era en irse los domingos con el pastor, su esposa e hija pequeña en la camioneta que tenía la familia pastora, pero... misteriosamente, habían dejado de ir hasta su casa, buscarlos, invitarlos, animarlos o siquiera pasarle la programación de la semana.

Ahora... Los Evans tenían que enterarse de todo y defenderse por sí, solitos.

Con deficiencia empezaron a delegarles responsabilidad en las actividades.

Llegaron al punto de ya no mencionar los en los programas.

A Danaé la mencionaban porque era de las adoradoras, pero ella no quería.

No iba a los cultos seguidamente, ella misma estaba conciente de que no estaba apta.

Pero claro; tampoco podía decirlo en voz alta o al pastor porque...

Si en algo se destacaba esa iglesia era en: enterarse de los pecados o vida de los demás y criticar.

Era difícil.

La situación estaba complicada.

La señora Evans toma su asiento de costumbre, al igual que Danaé y su hermano, Alonso.

Para cuándo ellos llegaron, ya habían comenzado.

Iban por las adoraciones.

Lía, la hija de los pastores, cuya edad era de 10 años, saluda a Danaé con un gesto de mano y le hace seña de que suba al altar con los demás adoradores.

Danaé no lo hace.

Sabe que al llegar tarde no es prudente llegar como si nada para adorar.

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