capítulo 9.

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||Mensajes inesperados.

Mientras caminaba de regreso al salón, molesta hasta más no poder, la indignación la quemaba por dentro tras la escena que acababa de presenciar.

Danaé apretaba los ojos, tratando de contener la rabia; no quería que nadie se le acercara a hablar, porque sentía que en cualquier momento iba a estallar. Apresuró el paso con la única intención de encerrarse en el aula y poner en orden esa tormenta de emociones revueltas.

Sin embargo, al abrir los ojos a mitad del pasillo, descubrió que en dirección contraria avanzaba nada más y nada menos que el chico con el que había intercambiado miradas horas antes. Caminaba entre risas junto a un grupo de muchachos, probablemente sus amigos.

Danaé fingió indiferencia y siguió de largo hasta llegar a su destino.

Al llegar, se detuvo un instante frente a la puerta, intentando recobrar el aliento. A lo lejos, el chico también se detuvo y dio media vuelta solo para fijar la mirada en ella, parada ahí en el marco del salón. Danaé, que se había girado pensando que él entraría a su propia aula con su grupo, se sorprendió al notar que no era así.

Sus miradas volvieron a encontrarse a la distancia. Pero la tensión duró poco; la desconexión fue inevitable cuando alguien irrumpió en el espacio.

—¡Danaé! ¿Qué te pasó? —exclamó Regina, acercándose a toda prisa para envolverla en un abrazo.

Al escuchar la voz de Regina, el chico dio la vuelta y reanudó su marcha como si nada hubiera pasado.

Regina tomó a Danaé del brazo y la acompañó hasta su pupitre, donde ambas se sentaron para desmenuzar lo ocurrido.

—Bueno, yo que tú me iría alejando de él —insinuó con el ceño fruncido—. ¡Qué ganas de darle una buena paliza a ese idiota! —añadió, girándose para acomodar su silla.

—No —respondió Danaé, determinante.

—¿Qué? —Regina la miró de golpe, extrañada por su contundencia.

—No vas a hacer nada, Gina. Ni tú ni yo —hizo una pausa antes de continuar—. Honestamente, nuestra amistad nunca ha ido del todo bien, pero tampoco pienso buscar un problema para que todo termine así porque sí. Ni siquiera entiendo por qué me molesta esta tontería... Así que no me hagas caso y dejémoslo pasar —concluyó entrecerrando los ojos, mientras esbozaba una sonrisa forzada.

A Regina no le gustó en absoluto la respuesta y negó con la cabeza, decepcionada. Sin embargo, terminó cediendo a su afecto: se acercó por detrás y la abrazó con calidez por la espalda.

—¿Cuándo vas a aprender a valorarte? —le preguntó suavemente, depositando un beso en su frente—. Eres mucho más de lo que crees y tienes un corazón hermoso. Tienes demasiado para ofrecer, Danaé; si alguien no es capaz de ver eso, simplemente no merece tu amistad ni compartir momentos maravillosos a tu lado.

Se erguió, caminó hacia el frente de su sitio y volvió a abrazarla, esta vez de frente.

—Gracias, Gina —respondió Danaé, regalándole una sonrisa sincera.

Luego de esto, Regina cambió de tema y hablaron de otras cosas para distraerse.

El timbre sonó, indicando que el descanso había terminado.

Apenas cruzó la puerta, Diego vio a Regina y a Danaé hablando y riéndose.

—¡Dani! ¿Dónde estuviste? Te esperé en el comedor, pero nunca llegaste —preguntó mientras dejaba el bolso en su puesto.

—Ah. Eso... lo olvidé —mintió ella—. Para después, supongo —sugirió, desviando la vista hacia la ventana.

Danaé sintió la desconcertada sorpresa de Diego ante su respuesta; sin embargo, él recobró la compostura rápido y se dispuso a tomar asiento.

Regina regresó a su lugar antes de que empezara la clase, no sin antes dedicarle una mirada llena de significado a su amiga. Poco a poco, el resto de los compañeros comenzó a entrar para acomodarse en sus respectivos pupitres.

—¡Buenos días, muchachos! —exclamó el profesor de Matemáticas mientras caminaba directo hacia el escritorio.

Mientras el docente buscaba el marcador y el borrador, Diego empezó a chistearle a Danaé para llamar su atención. Ella, por su parte, lo ignoró por completo sin hacerle el menor caso.

—Bien, jóvenes. El tema de hoy será...

El profesor comenzó a impartir el nuevo contenido y el resto de la jornada transcurrió sin mayores sobresaltos. Las clases avanzaron con total normalidad, salvo por esa sutil molestia que rondaba la cabeza de Danaé en el aula.

Al sonar la salida, Danaé se quedó esperando en el portón del colegio a Regina, quien se había devuelto al salón por haber olvidado el cuaderno de Inglés.

¡Bip!

El teléfono vibró en su bolsillo. Al sacarlo, Danaé se quedó sin habla: tenía un mensaje de Anthony. Un mensaje que jamás se habría esperado y que prefirió no abrir de inmediato para descubrirlo junto a Regina.

—¡Dan! Ya regresé —exclamó Regina, recuperando el aliento tras haber llegado corriendo.

—Te dije que no corrieras; ahora pareces un perrito con la lengua afuera —bromeó Danaé con una sonrisa.

—¿Nos vamos? —preguntó Regina.

—Sí, vámonos. Tengo que contarte algo que acaba de pasar y estoy segura de que te va a interesar... —respondió canturreando con una sonrisa pícara.

Ambas se disponían a dar media vuelta para marcharse cuando una voz las interrumpió de golpe.

—¡DANAÉ!

Se giró para ver quién la llamaba con semejante tono, solo para encontrarse cara a cara con Diego.

—Ah, eres tú. ¿Qué se te ofrece? —soltó Danaé, con una frialdad evidente.

—Dani, ¿te pasa algo? Has estado distante conmigo y casi no hemos hablado. ¡Ni siquiera fuiste al comedor donde quedamos!

—Estoy bien, gracias. Y ya te dije que se me olvidó; no es mi culpa tener la mente ocupada con otras cosas —respondió intentando disimular la molestia, fijando la mirada en un punto cualquiera para no verlo a los ojos.

La realidad era que Danaé no quería ni verlo ni hablar con él, pero estaba haciendo el esfuerzo por mantener la cortesía. Diego notó de inmediato que ella no estaba de humor, así que decidió no insistir más. Se despidió como pudo y se marchó.

Un Mundo Distinto.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora