TU ESPOSA
Vicenta
Se ha dicho que las personas tienden a arrepentirse cuando cometen un acto ilícito e indebido, cuando mienten o roban, no obstante, ese no es mi caso porque jamás me he arrepentido de ninguna de mis acciones y menos cuando se trata de los asesinatos a personas malas porque hay algo satisfactorio en desmembrarlos a todos.
Una enorme y lunática carcajada escapa de mi garganta cuando Ahmed me enseña la foto de su hija a quién le destrocé la mano a punta de tiros, esa hija que fue partida en dos ante la explosión que ella provocó y eso me gana un golpe en la cara con un tubo metálico el cual me voltea la cabeza en un ángulo alarmante. Esta cae en medio de mis brazos hacia el frente, sangre con saliva se acumula en mi boca y estoy tan débil que no logro mantener la mandíbula cerrada por lo que el líquido escurre por mi barbilla. Seguro luzco patética, pero más ridículo se mira ese mafioso queriendo romper lo que ha estado roto desde hace veinte años.
—¡Era solo una adolescente! —me escupe, sacándome otra risa que es interrumpida por otro golpe, ahora en mis pechos descubiertos.
Sigo atada del techo con espantosas cadenas que parecen querer arrancarme las muñecas, las puntas de mis pies apenas tocan el piso y mi cuerpo entero está desnudo. El único pedazo de tela que poseo es una gasa llena de sangre la cual me pusieron hace horas para curarme. Esteban está atado en una silla al otro extremo de la bodega y mira con ojos furiosos al sirio y eso me divierte porque se nota que al niñito Morgado no le gusta que toquen sus juguetes.
Lástima para él porque hoy muchas manos han paseado por mi cuerpo ensuciándolo más de lo que él ha podido en todos nuestros años de casados.
—Una adolescente que colocó explosivos en una base naval —espeto con dificultad, sintiendo un espantoso dolor en la parte derecha de mi cráneo ya que me ha golpeado por más de cinco horas—. Así que deja de lloriquear que tu demonio está mejor en los estómagos de los tiburones.
—¡No era un demonio! —se esponja, tomándome del rostro para clavarme sus ojos los cuales buscan asustarme, pero no logra moverme ni una sola fibra.
—Tampoco era un ángel caído del cielo —gruño, logrando escupirle, eso me gana un duro puñetazo que me hace ver negro por nanosegundos—. La volvería a matar, Ahmed —le confieso, esbozando una psicótica sonrisa—, pero de forma más lenta hasta empaparme de sus gritos.
—¡Puta zorra loca!
—Esta puta zorra loca te dejó sin hija, Ahmed. ¡Bujú por ti!
Sé que debería quedarme en silencio, que cada que abro mi descarada boca me gano más golpes, pero me es imposible mantenerme callada. Miedo no le tengo, he pasado cosas mucho peores así que estas son meras caricias comparadas con lo que he pasado desde que era una bebé.
Ahmed Makalá suelta un grito frustrado que retumba en mis pobres orejas lastimadas y entonces se aleja hacia una mesa para tomar un kit de costura. Saca una aguja, le coloca hilo y se acerca furioso hacia mí.
Su movimiento es demasiado rápido que antes de ver lo que hará, estoy ya sintiendo como ese filo atraviesa desde mi labio superior al inferior. Latigazos de bravío dolor me traviesan, más no demuestro eso porque ya es demasiada humillación estar como un costal colgado.
Así que mantengo mis ojos en él. Lo miro con toda la frialdad que poseo y no me inmuto conforme siento que va sellándome los labios como si fuese una muñeca de trapo.
—¡Tijeras! —pide él, uno de sus lacayos se acerca con lo que necesita y entonces corta el extremo del hilo que ha cosido mis labios. Me escupe en la cara su asquerosa e infecciosa saliva—. ¡Ahógate con tu veneno, puta víbora!
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Tornado (Libro 1)
ActionSirena y Bestia son los nombres clave que utilizan la teniente mexicana y el coronel ruso que se encuentran combatiendo el crimen en diferentes países. Ambos tienen mucho en común: la profesión que ejercen en la milicia, la edad, un pasado, la forma...
