En la tarde noche ya no quedaban clientes en la posada. Mana recién había despedido a los últimos después de recordarles que dejasen propina. Elia lavaba los platos y vasos que usaron durante la jornada y Aiacos aprovechó para ejercitar un poco su cuerpo, el tiempo que pasó en cama entumeció muchos de sus músculos y los quería tener de vuelta.
Elia lo observaba de reojo mientras el sudor se deslizaba por su cuerpo semidesnudo perfectamente tallado. Su marido era en extremo sexy. No podía siquiera concentrarse en lo que estaba haciendo, ya era la tercera vez que limpiaba el mismo plato. La tenía totalmente embobada. Su cuadriculado abdomen le gritaba que lo recorriese hasta llegar a lugares prohibidos. Llevó la mirada hasta su pecho, donde la herida que le dejó el dios ni siquiera le hacía mella a tal monumento. Lucía varias cicatrices por todas partes de su cuerpo, pero esa le dejaría la marca más grande.
—¡Mamá! Si quieres disimula un poco —dijo Mana acercándose a la barra.
—¿Por qué debería disimular? —replicó Elia divertida. Aiacos se puso en pie y Elia devolvió la mirada hacia él —. No es nada que no haya visto antes.
—Ya. Pues no lo parece —picó Mana enarcando una ceja y media sonrisa.
Aiacos agarró una manta para secarse el sudor detrás de la cabeza y se acercó hacia ellas con los músculos brillando. Tenía toda la intención de que le viesen.
—¿Qué te parece? Debes admitir que para tener cuarenta y cuatro años tu viejo está bastante bien —dijo Aiacos con orgullo.
—Bueno, no está nada mal. Supongo que es de familia —concedió Mana y Aiacos elevó las comisuras de sus labios —. Lo poco que tienes de cerebro tendrás que compensarlo de alguna forma, digo yo.
Auch. Sabía que estaba siendo demasiado bueno, un halago de su hija no venía sin costo. Soltó una carcajada al aire y Mana sacudió la cabeza con una sonrisita en su boca. Elia que les observaba graciosa desvió la atención hacia la entrada cuando divisó a alguien atravesar la puerta.
—Lo siento, pero ya estamos cerr... —se cortó Elia cuando vio de quien se trataba —Igro.
Mana se devolvió para verle y cruzó los brazos.
—Perdón por venir tan tarde —se disculpó Igro.
—No, no te preocupes, hijo. Sabes que siempre eres bienvenido aquí —apresuró Elia.
—Pensé que no vendrías —dijo Aiacos. Se limpió el sudor —. Espérame aquí. Elia, cierra la puerta.
Elia asintió y fue de inmediato a cumplirlo.
Los dos jóvenes se quedaron en ese breve silencio. Tan incómodo que parecía que nunca terminaría. Mana no soportaba la distancia que se había formado entre ellos, parecían dos completos extraños. Entendía el momento por el que estaba pasando Igro, pero por más que intentaba ayudarle, este solo la rechazaba. Como si no fuese importante para él.
Aiacos no tardó en regresar con un objeto cubierto bajo su brazo. Le hizo un gesto con la cabeza a Igro para que se acomodasen en una de las mesas junto al pilar central. Mana y Elia les siguieron. Solo Igro y Aiacos tomaron asiento, mientras ellas se quedaron de pie a ambos lados. Aiacos colocó el objeto sobre la mesa.
Igro frunció el ceño. —¿De qué se trata?
Aiacos procedió a destapar el objeto y la curiosidad solo aumentaba en el ambiente. Incluso Mana se había inclinado hacia delante para ver si lograba escrutar algo del objeto ante la impaciencia. Una peste se filtró por las últimas capas de tela y desfiguró sus rostros en una mueca de disgusto. Igro solo movió un poco la nariz.
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El Dios de la Arboleda #premiosadam2024 / #PGP2024
Fantasía"Incluso cuando tú no estés, yo seguiré aquí. Los mantendré con vida dentro de mis recuerdos, para siempre". En lo más profundo de la arboleda, donde los dioses caminan entre mortales y la oscuridad oculta secretos insondables, los doce cazadores m...