Capítulo 1: ¿Dónde nacen los sueños? || Parte 3

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El verde de la arboleda siempre parecía tan libre. Mana disfrutaba mucho caminar por el bosque y el lago Verde era uno de sus lugares favoritos, lo frecuentaba bastante. Allí se dirigía luego de que bajase la carga de trabajo en la posada. 

Normalmente ayudaba a su madre desde muy temprano en la mañana hasta que el sol comenzaba a esconderse detrás de la enorme cordillera a espaldas de la aldea. Por la noche cerraban, pues no querían incordiar a los huéspedes con el ruido, salvo algún día en concreto.

 Todavía había algo de luz filtrándose a través de la bóveda de hojas, arrancando vivos reflejos de la rubia cabellera perfectamente lisa de Mana. Después de escuchar a Agito e Inari decir que lo habían visto en el lago no pudo resistirse, quizás podría verle. Se había burlado de ellos, pero tenía la esperanza de que no hubiesen mentido. 

Ya había llegado a donde el bosque desaparecía, donde supuestamente habían visto a la criatura.

Observó con la mano izquierda apoyada al tronco de un árbol toda el área frente a ella. Al parecer mentían, no había nadie allí. Apretó el puño inconscientemente y se lastimó una uña. Llevó la mano rápidamente frente a su pecho, sujetando su muñeca. La sangre comenzó a salir debajo de la uña de su dedo índice, no era para tanto. 

Devolvió la mirada al lago y le dio un último vistazo dejando escapar un suspiro. Estaba lista para regresarse. 

Liberó una exclamación una vez se hubo dado la vuelta. Igro se había acercado sin que se diese cuenta. 

—Menudo susto me has pegado.

La suave risa del chico la relajó al instante.

—¿Viniste a ver si comías un poco de esos hongos? —cuestionó Igro divertido enarcando una ceja. La conocía demasiado bien. 

La chica se puso roja como un tomate, la había atrapado y no tenía una respuesta para salirse con la suya. 

*** 

—¿Qué sentido tiene que arriesguen sus vidas por arrebatar las de otros? —comenzó Mana una vez se acomodaron a orillas del lago. Igro que estaba sentado con las manos apoyadas en la suave hierba, relajado, la miraba de soslayo. 

Sin duda cuando lo planteaba así no era tan fácil decirlo. 

Ella estaba erguida sentada sobre sus piernas, observando el pedazo de tela que su amigo había utilizado para detener el sangrado, aún algo avergonzada. 

—No sabría explicarlo, quizás no tenga siquiera sentido. Al menos no para mí. Solo quiero mantenerme cerca de Aiacos, lo seguiría a donde fuese.

Mana esbozó una pequeña y amarga sonrisa.

Igro siempre era tan directo. Sabía de sobra que admiraba mucho a Aiacos, eran como padre e hijo ellos mismos. Se convirtió en el pupilo que no encontró en ella, alguien con quien podía compartir su más grande pasión. 

A veces incluso lo envidiaba un poco. 

—Ha pasado mucho tiempo desde que jugueteábamos alrededor del árbol sobre aquella colina —recordó nostálgica—. Ahora pasas la mayor parte del tiempo fuera, cazando junto a mi padre.

 —Lo sé. Lo siento, pero aún puedes jugar con mi hermano —bromeó Igro. 

Mana puso los ojos en blanco y le dio un toque en el hombro. —Ya no somos niños, y además, desde que tu hermano su junta con Agito solo se mete en problemas. Ya no quiere ni verme. 

El joven cazador se llevó una mano detrás de la cabeza. —Ayudaría que no te burlases de él. 

La chica hizo un mohín. No se retractaba para nada, casi se lo merecían por estar siempre mintiendo. 

El Dios de la Arboleda                           #premiosadam2024 / #PGP2024Donde viven las historias. Descúbrelo ahora