Capítulo XL: Que tu nombre no llegue al cráneo

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Habían transcurrido tres días desde que los últimos Cánticos del Último Umbral recorrieron Ghalmora, y el avance hacia Wildamar se había convertido en una marcha de silencios largos, armaduras pesadas y pasos que parecían conservar todavía el ritmo del funeral. El cansancio ya no pertenecía sólo a músculos, heridas o noches sin dormir; se había asentado detrás de los ojos de los legionarios y acompañaba cada respiración como una presencia que nadie necesitaba nombrar.

Las seis legiones tampoco habían recuperado la disposición habitual de una marcha de campaña. XII y XIII compartían fuegos, guardias y columnas con una cercanía poco frecuente; XX y XXI avanzaban tan juntas que a la distancia sus estandartes parecían pertenecer a una misma formación, mientras XXXVI y XXXVII habían acortado todavía más el espacio entre sus supervivientes después de perder a Rhogar y a tantos otros durante la batalla.

En el centro de la columna avanzaban los carros más protegidos, dentro de ellos descansaban las Arcas de Retorno.

Los grandes cofres sellados por Aranelle y los demás magos contenían miles de urnas blancas, cada una registrada, marcada y destinada a regresar algún día a manos de una familia, un templo o una comunidad que aguardaba sin saber todavía que uno de los suyos viajaba de regreso convertido en ceniza.

Cada vez que alguna rueda encontraba una piedra demasiado grande, los legionarios cercanos abandonaban durante unos segundos su posición para estabilizar el carro. Nadie necesitaba recibir la orden, porque todos sabían lo que había dentro y comprendían que permitir que una de aquellas Arcas volcara habría sido casi otra profanación.

Un soldado de XIII ajustó las correas de su armadura y contempló el camino que todavía desaparecía a lo lejos entre colinas secas.

—Falta demasiado camino.

El legionario que marchaba junto a él llevaba el brazo izquierdo inmovilizado contra el pecho, pero continuaba avanzando.

—Y aun así seguimos. Porque ellos ya no pueden.

Uno de los carros pasó junto a ambos antes de que pudieran añadir nada. Los dos hombres guardaron silencio, llevaron el puño al pecho al reconocer los sellos del Oficio del Retorno y continuaron marchando después de que las ruedas desaparecieran unos pasos por delante.

Aquella noche levantaron el campamento en una llanura protegida por elevaciones de piedra. No construyeron seis zonas separadas, como habría sido habitual durante una movilización de aquella magnitud, sino que conservaron la cercanía nacida después de Ghalmora y dispusieron las tiendas alrededor de las Arcas de Retorno, con clérigos, magos y guardias compartiendo turnos para custodiarlas.

Una tienda de mando más grande fue erigida cerca del centro.

Las lámparas de aceite proyectaban sombras largas sobre la lona cuando comenzaron a reunirse tenientes, sargentos, cabos y quienes habían estado directamente involucrados en los acontecimientos que debían ser comunicados a Wildamar. El aire todavía olía a cuero húmedo, ungüentos y aquella mezcla de ceniza que parecía haberse quedado adherida a toda la expedición.

Isodela permanecía cerca de una de las mesas con Veritas apoyado contra el costado. Las heridas provocadas por la Marcha de la Verdad no eran tan evidentes como las que el Edicto había dejado sobre Lance, pero el cansancio aparecía en la rigidez de sus hombros y en las pausas ligeramente más largas que tomaba antes de moverse.

Rextar estaba junto a ella.

Madibel permanecía sentada unos pasos más atrás y sostenía el báculo entre ambas manos. Desde que había depositado la urna de Rhogar dentro del Arca de Retorno ya no intentaba encontrar alguna excusa para volver a tocarla; aquella noche, sin embargo, sus dedos recorrían de cuando en cuando una pequeña pieza de cuero atada alrededor de la muñeca, recuerdo de un carcaj cuya ausencia nadie se atrevía a señalar.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora