Edrel descendía por la escalera interior de una de las torres del Yelmo de Oldir con el arco cruzado sobre la espalda y sus dos espadas cortas sujetas al cinturón. Un cuarto de hora antes, un cuerno de reconocimiento había resonado desde las almenas y, gracias a la agudeza de su vista semiélfica, había distinguido desde lo alto una larga columna de soldados avanzando por las planicies bajo los estandartes de la Rosa del Rayo.
Las huellas de la reciente batalla todavía permanecían visibles alrededor de la fortaleza. Había bloques de piedra más claros donde los albañiles habían reparado las murallas, andamios junto a dos torres dañadas y profundas cicatrices sobre el terreno donde semanas atrás se habían estrellado proyectiles de asedio. La última vez que Edrel había contemplado aquella llanura desde semejante altura, miles de enemigos marchaban hacia ellos; ahora, en cambio, las armaduras que relucían bajo el sol pertenecían a hombres de Oldir.
Jarllic ya le había informado quiénes eran.
La fuerza que se acercaba pertenecía a la Legión XX, y al frente marchaba su sargento, Rextar. Su misión era relevar al contingente de la XIII que todavía custodiaba el Yelmo y permitir que Jarllic comenzara a concentrar a sus hombres para reunirse con el resto del contingente de Lance.
Cuando Edrel alcanzó el patio inferior encontró a Lidaria esperándolo junto a Winterhowl. La druida sostenía entre las manos una de las piezas que Saya les había entregado antes de abandonar Wildamar, mientras el gran lobo permanecía junto a ella con las orejas erguidas y la mirada atenta a todo movimiento procedente de las murallas.
—¿Ocurre algo? —preguntó Edrel.
Lidaria levantó el núcleo blanco que llevaba envuelto habitualmente entre varias capas de tela.
—No estoy segura —comentó la druida —. Empezó a comportarse de forma distinta hace poco.
Las runas que recorrían la superficie seguían visibles, pero ya no mantenían el resplandor uniforme de los días anteriores. La luz se intensificaba y debilitaba siguiendo un ritmo lento, casi semejante a un latido.
Edrel lo examinó sin tocarlo.
—¿Creéis que Saya está en peligro?
—No lo sé, pero no parece que la piedra esté muriendo. Hay algo respondiéndole desde muy lejos.
Lidaria volvió a envolverla con cuidado. Su conocimiento de la magia procedía de la tierra, los ciclos naturales y las fuerzas vivas de Gortarnar, mientras que aquella obra pertenecía a una tradición arcana completamente diferente.
—Necesitamos a alguien que conozca magia de traslado.
—Jarllic tendrá a alguien.
Ambos cruzaron el patio hacia la explanada principal, donde el contingente de la XIII ya había desmontado la mayor parte de su campamento. Carros cerrados, animales ensillados y cajas de provisiones aguardaban junto a las filas mientras los cabos revisaban equipo y efectivos antes de entregar la fortaleza.
Jarllic se encontraba cerca de la puerta principal acompañado por una mujer a la que Edrel y Lidaria habían visto varias veces durante su estancia en el Yelmo. Tenía el cabello plateado con reflejos dorados bajo el sol, piel muy pálida y grandes ojos ámbar que examinaban cuanto ocurría alrededor con una atención casi constante.
Vestía una sobrevesta blanca con ribetes plateados sobre ropa de campaña y botas ligeras de cuero claro. En uno de sus costados llevaba una espada corta cuya empuñadura estaba adornada con un zafiro, mientras una daga gemela descansaba al otro lado del cinturón.
—Llegáis justo a tiempo —dijo Jarllic cuando los vio aproximarse—. Quería presentaros formalmente antes de marcharnos. Ella es Aranelle Dawnwyn, cabo de la primera cohorte de la Decimotercera y una de las mejores magas que tenemos.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
