Capítulo XXXI: El cementerio de los caídos

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La tensión permaneció suspendida sobre el campamento incluso después de que Lance e Isodela guardaran las armas. El círculo de arena vitrificada que habían dejado alrededor de ellos seguía desprendiendo calor y algunos de los sellos defensivos de la Vigésima continuaban pulsando a intervalos, tratando de estabilizar las alteraciones provocadas por el choque entre las dos auras.

Brokhan Thal'Gor contempló primero el terreno destruido y después a los dos tenientes. La sonrisa que había mostrado durante su llegada perdió algo de diversión cuando reparó en Jarllic, todavía sangrando, en Aranelle pálida junto a él y en los numerosos soldados que habían retrocedido para no quedar atrapados dentro de un enfrentamiento que jamás debió producirse entre miembros de la misma Orden.

—Aún recuerdo cuando durante los entrenamientos de la Rosa cualquiera que intentara golpear a uno terminaba teniendo que enfrentarse al otro —comentó mientras descendía la mirada hacia Lance e Isodela—. Ahora encuentro a Valthoria dejando ensangrentado a uno de tus mejores amigos y a ti levantando la espada contra la mujer a la que durante años no permitías que nadie tocara.

Isodela alzó los ojos hacia él y el fastidio regresó a su rostro, aunque la fatiga emocional de la mañana le había arrebatado buena parte de la agresividad con la que habría respondido unas horas antes.

—No necesito una lección sentimental de alguien que resuelve la mitad de sus problemas con un hacha.

Brokhan soltó una carcajada que resonó sobre la formación rocosa.

—La otra mitad la resuelvo con paciencia —siguió riendo —. ¡El hacha sólo es más rápida!

Lance no pudo impedir que una exhalación semejante a una risa escapara de su boca. Isodela volvió hacia él una mirada plateada cargada de advertencia y el paladín recuperó la seriedad antes de ofrecerle otro motivo para reiniciar la disputa.

Lidaria había aprovechado aquel intercambio para correr hacia Jarllic. El veterano permanecía sentado sobre la arena con Aranelle a su lado, mientras la joven cabo sostenía un paño contra su nariz y trataba de ocultar el temblor que todavía recorría sus manos.

—Permitidme verlo —pidió la druida.

Jarllic apartó con cuidado el paño.

—He recibido golpes peores.

—Eso dicen todos los hombres grandes cuando recibieron una paliza.

Edrel soltó una risa desde unos pasos atrás y Jarllic le dirigió una mirada resignada. Lidaria se arrodilló junto al sargento, apoyó una mano sobre su espalda y dejó que una corriente de energía blanca recorriera sus dedos hasta introducirse en el cuerpo del guerrero.

No tenía la intensidad azul de las plegarias de Alindra ni la claridad ordenada de los conjuros clericales de Madibel. La magia de Lidaria parecía más antigua y orgánica, como una corriente de invierno deslizándose entre los árboles de un bosque que descansaba bajo la nieve sin haber muerto.

Jarllic sintió primero una frescura agradable alrededor del rostro. Después llegó una sensación de adormecimiento que redujo el dolor de la nariz y de los músculos golpeados, mientras pequeños cortes comenzaban a cerrarse siguiendo el mismo ritmo con el que un organismo vivo habría intentado repararlos durante varios días.

—Esto no se parece a la magia de Alindra —comentó.

Lidaria mantuvo una mano sobre su rostro mientras examinaba la hinchazón.

—Porque no estoy obligando a vuestro cuerpo a regresar a un estado anterior. Sólo estoy ayudándolo a hacer con mayor rapidez aquello que ya sabe hacer.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora