Capitulo XLIII: La decisión

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La estrecha línea que separaba a Lance de Velissa comenzó a cambiar antes de que cualquiera de los dos pronunciara otra palabra. Del lado de la Guardia Glacial, diminutos cristales azules crecieron entre las junturas de las losas y se elevaron como espinas transparentes; del lado del paladín, el agua despedía hilos de vapor bajo el calor de aquella luz dorada que apenas envolvía sus hombros. Ninguno había levantado su arma ni había liberado una técnica de combate, pero el salón entero entendía que la distancia entre una disputa y algo mucho peor se estaba reduciendo con cada respiración.

Los estandartes suspendidos sobre las paredes comenzaron a agitarse bajo corrientes de aire que no provenían de ventana alguna. La escarcha subió unos dedos por el bastón de Velissa y pequeñas placas de hielo se formaron alrededor de sus botas, extendiéndose por el suelo con la paciencia de un invierno que sabía que no necesitaba apresurarse. Frente a ella, Lance mantenía una mano cerca de su espada y la otra junto a su escudo; sus ojos color miel contenían un resplandor dorado cada vez más visible, aunque todavía muy lejos de aquel amanecer descomunal que había cubierto Ghalmora Vhal-Karun.

Saya observó aquello con el pecho tenso. Había visto a Lance desatar una fracción mucho mayor de su poder y por eso comprendía mejor que muchos cuánto se estaba conteniendo; también había visto suficiente de Velissa durante aquella sesión para saber que la mujer no estaba intentando intimidarlo con una exhibición vacía. La Guardia Glacial dominaba su magia como dominaba su voz, pero pequeñas murallas cristalinas comenzaban a levantarse alrededor de ella por puro reflejo, delineando un bastión incompleto de hielo azulado.

Edrel dio un paso atrás sin apartar los ojos de ambos, mientras Lidaria cerraba una mano sobre el mango de su cimitarra sin llegar a extraerla. Isodela había abandonado cualquier vestigio de ironía y Brokhan permanecía con los brazos cruzados, la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro parecían tallados en piedra. Los miembros restantes del Veredicto Carmesí tampoco parecían interesados en participar, aunque todos habían modificado su postura de una forma u otra, atentos al primer indicio de que el control desapareciera.

La primera grieta apareció entre Lance y Velissa. No estalló la piedra ni hubo una descarga espectacular; la losa cedió bajo la presión contrapuesta, dejando escapar un crujido profundo que recorrió la mesa del Cónclave y se perdió entre las columnas. Otra fisura nació junto a ella, pero apenas había comenzado a extenderse cuando un sonido mucho más poderoso sacudió el recinto.

Aurelian Vhar había tomado su escudo de torre.

El veterano coronel se levantó de su asiento y lo hundió contra el suelo con tal fuerza que el borde de metal celestial mordió la piedra. Su cabello blanco cayó alrededor de un rostro endurecido por más de medio siglo de campañas, y las innumerables marcas de su armadura brillaron bajo las lámparas como cicatrices de una fortaleza que había sobrevivido a todos los asedios. A su espalda permanecía el pesado martillo de guerra, pero no necesitó tocarlo.

La presencia del Bastión Inquebrantable cambió el salón.

Aurelian cerró los ojos durante un instante y ancló su alma.

La energía no cayó sobre los presentes ni trató de doblegar sus cuerpos. Se hundió bajo las botas del coronel como raíces invisibles, atravesando piedra, cimientos y roca hasta que su figura pareció formar parte de Wildamar. La grieta que avanzaba hacia él perdió fuerza al aproximarse a la zona que protegía, y quienes permanecían detrás del escudo experimentaron una sensación extraña: el suelo ya no parecía algo sobre lo que estuvieran de pie, sino una extensión del propio Aurelian, una muralla que se negaba a retroceder.

Kaelyra Dhalven reaccionó al mismo tiempo.

Su estoque abandonó la vaina con un siseo breve y la guerrera apareció junto al flanco de Aurelian, colocándose entre su señor y los dos tenientes enfrentados. No amenazó a Lance ni a Velissa con la punta del arma; simplemente ocupó el lugar exacto desde donde podría interceptar al primero que intentara romper aquella frontera.

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