El combate entre Brokhan y Galdren había abierto un espacio propio dentro de la batalla, una extensión de arena fracturada donde vivos y muertos procuraban no acercarse demasiado. Cada encuentro entre el hacha de Furia de Marfil y la espada colosal del antiguo comandante levantaba ondas capaces de derribar combatientes cercanos, pero Galdren había comenzado a prestar atención a algo más que al adversario que tenía delante.
Al principio había considerado al semiorco otro guerrero excesivamente seguro de su fuerza. Esa impresión había desaparecido después de los primeros golpes, pues los dos cerrojos abiertos sobre el cuerpo de Brokhan habían permitido escapar algo que Galdren recordaba haber percibido muy pocas veces incluso cuando estaba vivo: una fuerza vital tan intensa que los muertos menores no podían acercarse a ella sin sufrir las consecuencias.
No era un conjuro.
Brokhan no pronunciaba fórmulas, no trazaba signos sobre el aire ni arrancaba poder del entorno como hacían los hechiceros. Los sellos grabados en su cuerpo tampoco le concedían aquella fuerza; hacían exactamente lo contrario, pues habían sido creados para mantener contenida una potencia física y espiritual que ya existía dentro de él.
La apertura de los dos primeros cerrojos había permitido que parte de esa presencia escapara al exterior. Los muertos más débiles que se aproximaban demasiado empezaban a ennegrecerse desde dentro y, si perseveraban, la ligadura necromántica que sostenía sus cuerpos terminaba cediendo bajo una claridad dorada que no quemaba carne viva.
Galdren observó a varios esqueletos deshacerse cerca del semiorco.
No sintió nada por ellos.
La mayoría llevaba tanto tiempo convertida en simples piezas de la estructura de Kardatmatsu que apenas podía asociarlos con personas concretas.
Entonces lo vio.
Un zombi avanzaba entre las filas de XXXIII arrastrando el pie derecho.
El movimiento era torpe, irregular y casi ridículo dentro de la disciplina perfecta de los demás muertos, porque una vieja fractura había dejado una pierna ligeramente más corta incluso antes de que aquel cuerpo conociera la muerte.
Galdren dejó de escuchar por un instante el choque de los ejércitos.
Conocía aquella forma de caminar.
No recordaba el nombre todavía, pero sí una mañana ocurrida muchos años atrás en un patio de entrenamiento de la Rosa.
Un muchacho delgado se encontraba delante de él con una lanza demasiado larga para su estatura y una coraza prestada que le quedaba grande sobre los hombros. Trataba de mantenerse erguido mientras los demás reclutas formaban, pero apretaba la asta con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.
Había intentado ocultar el temblor.
Galdren lo había visto de todos modos.
—Afloja las manos —le había dicho.
El joven abrió los ojos como si el comandante de tres legiones acabara de pronunciar su sentencia.
—¡Sí, mi teniente!
Aflojó demasiado.
La lanza resbaló.
Dos reclutas cercanos rieron.
Galdren había atrapado el arma antes de que golpeara el suelo y se la devolvió sin permitir que su expresión revelara diversión.
—No tanto.
Las orejas del muchacho se pusieron rojas.
—Sí, mi teniente.
Volvió a sujetarla.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
