El desierto continuaba estremeciéndose alrededor de Brokhan y Galdren mientras ambos recuperaban la distancia necesaria para volver a cruzar las armas. La arena comprendida entre ellos había dejado de parecer parte de Ghalmora: estaba hundida, surcada por grietas y cubierta por fragmentos de hueso, metal funerario y rocas partidas por los impactos de dos combatientes capaces de alterar el terreno con cada intercambio.
Galdren mantenía la espada elevada delante del cuerpo, pero algo había cambiado en la forma en que contemplaba al semiorco. Ya no veía únicamente al guerrero que había conseguido resistir sus golpes; veía al hombre cuya sola presencia había liberado a Tarel y había devuelto a su memoria un nombre que Kardatmatsu había mantenido enterrado durante veinte años.
Ese recuerdo continuaba allí.
No había vuelto a desaparecer bajo las runas verdes.
Tarel seguía sosteniendo aquella lanza larga dentro de su memoria, todavía preguntando con una sonrisa nerviosa si estaba haciendo bien las cosas, y Galdren descubría con creciente rabia que cada vez que miraba a Brokhan también recordaba al muchacho alejándose por fin de Ghalmora.
Furia de Marfil percibió la vacilación sin saber su causa exacta. Mantuvo ambas manos sobre el hacha y no abrió otro cerrojo, pues los dos que había liberado eran suficientes para llevar su cuerpo hasta un estado que pocos soldados de la Rosa habían contemplado alguna vez.
Numerosos sellos permanecían cerrados sobre sus brazos, hombros y torso.
Saya los habría contado si hubiese estado allí.
Galdren también los había visto.
Brokhan respiró profundamente y la presión que escapaba de su cuerpo aumentó sin cambiar de naturaleza. No apareció una nueva llamarada ni otro poder surgió de la nada; los músculos del semiorco se tensaron bajo la armadura y el calor de su piel comenzó a distorsionar el aire a poca distancia, mientras la claridad dorada asociada a su fuerza vital se hacía más intensa alrededor de las zonas donde los cerrojos permanecían abiertos.
El comandante muerto adelantó un pie.
—Sigues reteniéndote.
Brokhan enseñó los colmillos.
—Y sigues hablando de más para alguien que ya perdió un brazo conmigo.
Galdren levantó la extremidad que Kardatmatsu había reconstruido con huesos de sus propios subordinados. El anillo de hierro que perteneció a uno de sus antiguos sargentos seguía atrapado alrededor de una falange demasiado grande para él, y aquel detalle hizo que las cuencas verdes del coloso ardieran con una violencia renovada.
—¡No vuelvas a mencionarlo!
—Entonces consigue que ella deje de construirte con tus hombres.
La sombra violácea de Tyrda recorrió las costillas de Galdren. El antiguo teniente respondió con un ataque inmediato, pero Brokhan ya había aprendido a reconocer cuándo la furia de su enemigo precedía a una decisión táctica y cuándo era la herida de la archiduquesa la que estaba tomando el control.
La espada descendió en diagonal.
Brokhan giró el hacha.
El golpe chocó con el asta reforzada y ambos cuerpos se hundieron varios centímetros en la arena, mientras una onda circular se extendía hacia las líneas cercanas y obligaba a vivos y muertos a corregir el equilibrio.
El teniente caído no insistió en el mismo ángulo. Retiró la espada, cambió el agarre y lanzó un tajo más corto hacia las piernas, utilizando una técnica demasiado precisa para alguien que llevaba dos décadas muerto.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasíaDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
