Lance removió las brasas con una rama gruesa y acomodó algunos trozos de madera seca entre los carbones rojizos. El fuego respondió con un crepitar tenue, levantando pequeñas chispas que ascendieron hacia un cielo en el que la noche comenzaba a retirarse; sobre las copas de los árboles aparecían ya vetas anaranjadas y violetas, mientras las últimas estrellas perdían fuerza ante la llegada del amanecer.
El arroyo cercano corría entre las piedras cubiertas de musgo y llenaba el claro con un murmullo constante. El rocío se había acumulado sobre la hierba, los caballos dormitaban sujetos cerca de unos árboles y, alrededor del campamento, las runas protectoras trazadas por Saya durante la noche se apagaban poco a poco después de haber permanecido activas durante horas.
Lance contempló las llamas sin verlas realmente. Había dormido poco, no sólo porque le había correspondido parte de la guardia, sino porque las palabras compartidas con Saya durante la noche continuaban rondándole la cabeza.
Gwyneira Thalorien.
Gisella.
Galdren Vorstag.
No necesitaba preguntarse ya si podían haber regresado. Paldon había hablado antes de morir y Saya había explicado lo que un nigromante de enorme poder podía hacer con un cadáver marcado por una muerte violenta; lo que atormentaba ahora a Lance era algo mucho más difícil de aceptar.
¿Qué haría cuando los tuviera delante?
Había crecido escuchando aquellos nombres dentro de la Rosa del Rayo. Los maestros de armas utilizaban campañas de Galdren para enseñar disciplina de formación, algunos clérigos citaban las acciones de Gisella cuando hablaban sobre el deber de proteger incluso cuando toda retirada parecía perdida, y había paladines que todavía repetían la última frase atribuida a Gwyneira como si fuera una plegaria: No apaguen la luz jamás.
Lance había visto sus nombres grabados entre los caídos de Wildamar mucho antes de comprender por completo lo que significaba Ghalmora. Ahora podía verse obligado a ordenar a miles de soldados que destruyeran aquello en lo que aquellos héroes habían sido convertidos.
Cerró los dedos alrededor de la rama hasta que la corteza le raspó la palma.
No eran traidores, eso se lo había recordado Saya. Eran prisioneros. La palabra no hacía más sencilla la idea de combatirlos.
—¿Otra vez pensando demasiado?
La voz de Saya llegó desde detrás de él y rompió el curso de sus pensamientos. Lance giró la cabeza y la encontró acercándose desde el borde del campamento, todavía con parte de la oscuridad de la noche atrapada en el cabello negro; llevaba el bastón en una mano y con la otra terminaba de acomodarse una de las mangas después de haber revisado las runas exteriores.
—Todo está bien, señorita Saya.
La elfa se detuvo delante de él y arqueó una ceja.
—Eso habría resultado más convincente si no llevaras varios minutos intentando asesinar esa rama con las manos.
Lance bajó la mirada y descubrió la corteza quebrada entre sus dedos. Una sonrisa cansada se dibujó en su rostro mientras arrojaba el trozo de madera al fuego.
—¡Quizá la rama conspiraba contra nosotros!
—Comprensible, era una rama espía —sonrió la elfa —. Todo gran enemigo comienza fingiendo ser leña.
El paladín soltó una breve risa, aunque Saya reconoció que la preocupación no había abandonado sus ojos. Se sentó al otro lado de la fogata y dejó el bastón apoyado contra una piedra, esperando sin presionarlo.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
