Capítulo XXXIX: Por los caídos

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El verdadero amanecer encontró a las seis legiones todavía en pie sobre Ghalmora, aunque cualquier hombre que hubiese contemplado aquellos estandartes la víspera habría tardado en reconocer el ejército que ahora se agrupaba bajo ellos. Las líneas eran más cortas, los espacios entre cohortes resultaban demasiado amplios y numerosos pendones habían cambiado de manos porque quienes los portaban al comienzo de la batalla descansaban entre los muertos.

No hubo proclamaciones de victoria cuando el sol atravesó por fin las nubes púrpuras del desierto. Nadie parecía dispuesto a conceder ese nombre a lo ocurrido mientras los heridos continuaban llegando desde el campo y los clérigos trabajaban hasta tener las manos cubiertas de sangre seca, ungüentos y polvo.

Lance permanecía junto a XII y XIII cuando comenzó el primer recuento formal. El Edicto del Último Amanecer se había desvanecido por completo y ya no quedaba rastro de las alas sobre el cielo, pero el precio de haberlo sostenido seguía marcado en su cuerpo: las viejas cicatrices abiertas bajo la armadura ardían cada vez que respiraba demasiado hondo y una palidez poco habitual contrastaba con el color miel de sus ojos.

Alindra había querido obligarlo a sentarse.

Lance se negó.

—Puedo estar de pie.

La clériga lo examinó con los brazos cruzados.

—Mis soldados también están de pie.

—Muchos de tus soldados tienen más sentido común.

Jarllic pasó junto a ellos con el mandoble sujeto a la espalda y escuchó lo suficiente para intervenir.

—Esa es una verdad que se ve a leguas.

Lance lo miró.

—Nadie te preguntó.

—Por eso mi opinión conserva su pureza.

Alindra habría sonreído cualquier otro momento, pero aquella mañana apenas consiguió exhalar por la nariz antes de volver los ojos hacia las filas que estaban siendo recompuestas frente a ellos.

Los cabos recorrían cada sección con tablillas de campaña en las manos. Llamaban nombres, esperaban respuestas y marcaban símbolos pequeños junto a cada uno: una línea para quienes podían combatir, un círculo para los heridos que seguían conscientes, una cruz incompleta para aquellos cuyo paradero todavía no había sido confirmado.

El silencio entre nombre y nombre era lo peor.

—¡Garel Tohven!

—¡Aquí!

La pluma avanzaba.

—¡Maira Elsen!

Nada.

El cabo volvía a levantar la voz.

—¡Maire Elsen!

El mismo vacío respondía, un soldado de la fila siguiente bajó la mirada.

—Cayó cerca del segundo estandarte, cabo.

La mano que escribía permaneció quieta un instante.

—¿Viste el cuerpo?

—No.

El cabo trazó entonces la cruz incompleta.

—Desaparecida hasta que alguien la encuentre.

Y continuó.

Lance escuchó decenas de veces aquella misma secuencia mientras caminaba entre sus dos legiones. Cada silencio parecía retirar otro ladrillo de la muralla invisible que XII y XIII habían construido durante años, porque cerrar filas después de una batalla no consistía únicamente en ordenar soldados: significaba que los vivos debían desplazarse hasta ocupar los lugares donde hacía unas horas habían respirado otras personas.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora