El corcel avanzaba al límite de sus fuerzas por el camino ascendente que conducía hacia Wildamar. Espuma blanca se acumulaba alrededor del bocado, el sudor había oscurecido casi por completo el pelaje del animal y cada golpe de los cascos levantaba polvo sobre las piedras antiguas de la calzada, pero el jinete no se atrevía a reducir demasiado el paso mientras las torres de la fortaleza crecían ante sus ojos.
Había cabalgado durante dos jornadas, deteniéndose sólo lo indispensable para dar agua al caballo, comer algo y dormir unas pocas horas. Sentía los músculos de las piernas endurecidos, la garganta seca y los párpados pesados, aunque ninguna de aquellas molestias importaba tanto como la carta guardada bajo su jubón.
Debía llegar a manos de sir Rolmar.
No podía confiarla a cualquiera.
Cuando coronó la última colina antes de Wildamar, esperó encontrar los campos de instrucción ocupados por reclutas, caballería y unidades de paso. En cambio, descubrió dos concentraciones militares que hicieron que tirara de las riendas por puro reflejo.
Los estandartes no pertenecían a la Duodécima ni a la Decimotercera. Tampoco eran los colores defensivos de la Vigésima ni las insignias clericales de la Vigesimoprimera.
XVI.
XVII.
El cabo tragó saliva.
—Por Oldir...
Las llamaban las Legiones de la Penumbra.
No era su denominación oficial, y pocos documentos de la Orden utilizaban aquel título, pero todos los soldados lo conocían. A lo largo de generaciones, el nombre había terminado por adherirse a ciertas unidades destinadas a operaciones que jamás aparecían completas en los partes públicos: infiltración, recuperación de reliquias, persecución de cultos, sabotaje, rescate de prisioneros, eliminación de comandantes enemigos y cacería de criaturas que debían morir antes de saber que alguien las había encontrado.
El cabo había escuchado historias, hasta entonces nunca las había creído del todo. Mientras descendía hacia Wildamar comprendió por qué los veteranos hablaban de aquellas legiones con un tono distinto.
La XVI y la XVII estaban formadas frente a los campos de instrucción, pero aquella palabra resultaba engañosa. A primera vista parecían contingentes incompletos. Había filas de soldados equipados con armaduras ligeras de cuero endurecido, cotas de escamas oscuras, capas de tonos ceniza y prendas diseñadas para confundirse con bosque, roca o noche; algunos portaban arcos cortos, ballestas compactas, estoques, espadas de hoja estrecha y cuchillos colocados en lugares donde el mensajero ni siquiera habría pensado en guardar un arma.
Las primeras cohortes ofrecían una imagen algo más familiar. Allí sí abundaban los escudos, las corazas y las armas capaces de sostener una línea cuando la discreción dejaba de importar, pues incluso una fuerza de infiltración necesitaba guerreros que abrieran una ruta de retirada cuando una misión fracasaba.
El resto resultaba mucho más difícil de contar.
El cabo miró hacia una línea de tiendas y juraría haber visto a cinco arqueros junto a ellas. Parpadeó, volvió a mirar y sólo encontró tres.
Un hombre cruzó entre dos carros cargando una ballesta desmontada. Cuando apareció al otro lado, su capa tenía un tono distinto y el mensajero no pudo asegurar si seguía viendo al mismo soldado.
Sobre una torre lateral se recortó durante unos instantes la silueta de alguien agazapado junto a una almena. El jinete desvió los ojos hacia el camino durante un segundo y, cuando volvió a buscarlo, la torre estaba vacía.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
