Brokhan no concedió a Galdren tiempo para recuperar el dominio de su armazón funerario. El semiorco atravesó la arena ennegrecida con el hacha sujeta entre ambas manos, y el Tercer Cerrojo mantuvo alrededor de su cuerpo aquella presión abrasadora que no procedía de conjuro alguno, sino de una fuerza vital contenida durante años mediante runas que todavía cubrían buena parte de su piel.
Galdren levantó la espada a tiempo.
El choque hizo que la arena se hundiera bajo los dos.
Brokhan retiró el hacha, cambió el ángulo y golpeó otra vez. El antiguo comandante recibió el impacto contra el costado de la hoja y varias de las costillas que formaban su armazón funerario se agrietaron, aunque la Liturgia Inversa ya no poseía fuerza suficiente para compensar cada daño como antes.
El Edicto del Último Amanecer seguía cubriendo Ghalmora.
Eso había cambiado todo.
Las runas verdes de Kardatmatsu continuaban encendidas sobre el cuerpo de Galdren, pero ya no parecían cadenas imposibles de desafiar. Por momentos perdían intensidad y dejaban detrás pequeños espacios de silencio en los que el comandante muerto podía decidir por sí mismo qué hacer con un brazo, una pierna o una espada que durante veinte años habían pertenecido más a la Reina de los Huesos que a él.
Brokhan descargó otro golpe.
Galdren retrocedió.
—¡Levántate, maldito! —rugió el semiorco—. ¡No eras una leyenda para terminar arrastrándote delante de mí!
Galdren apoyó la punta de su espada sobre la arena para recuperar posición. El verde brilló en sus cuencas, aunque entre cada pulsación aparecía algo diferente: cansancio sin fatiga, un agotamiento que no pertenecía a los huesos, sino a aquello que durante dos décadas había permanecido atrapado dentro de ellos.
—Tu presencia... está rompiendo la ligadura.
Brokhan enseñó los colmillos.
—Ésa era la intención.
—No.
Galdren levantó el cráneo.
—No lo entiendes.
Brokhan no atacó de inmediato.
Galdren miró una de sus manos. Los huesos reconstruidos pertenecían a hombres diferentes, algunos de ellos soldados a los que había conocido cuando todavía respiraban, y el anillo de hierro que reconoció horas atrás seguía atrapado alrededor de una falange que jamás debió formar parte de su cuerpo.
La claridad dorada de Brokhan recorría aquellas piezas sin destruirlas de golpe. Primero debilitaba las inscripciones, después erosionaba la orden y, por último, dejaba que los restos recordaran algo anterior a Kardatmatsu.
Quietud.
Galdren cerró la mano.
—El muchacho.
Brokhan frunció el ceño.
—¿Cuál?
—El recluta que se acercó a ti.
Brokhan entendió.
Galdren sostuvo su mirada.
—Cuando tu luz lo alcanzó... ¿lo viste?
El semiorco bajó un poco el hacha.
—Vi su cuerpo dejar de luchar.
—No te pregunté eso.
Brokhan guardó silencio durante unos segundos.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
